Hubo un momento anoche en el concierto de Nick Cave que se recordará para la eternidad. Interpretaba Joy, una de las canciones de Wild God, su último disco, donde asume que solo puede transitar por este mundo conviviendo e incluso amando el dolor, ese que le produjo la insoportable muerte de sus dos hijos. De repente, la música paró. Y una súplica salió de su garganta: “Grité a mi alrededor: ¡Tengan piedad de mí, por favor, tengan piedad de mí!”. Se veían en las pantallas los ojos del cantante a punto de estallar en lágrimas. Después, un silencio casi absoluto en un recinto que acogía a miles de personas. Solo quebraba el ambiente la respiración del músico frente al micrófono. A alguien entre el público se le escapó un suspiro: “Madre mía”. Sí, madre mía.Nick Cave se desgarró anoche en un concierto, en el festival Mad Cool, con una carga emocional descomunal. Los que allí estuvieron nunca lo olvidarán.Cerró la noche del sábado el festival madrileño, que se desarrolló desde el miércoles en el recinto Iberdrola Music (Villaverde, sur de Madrid) con uno de los mejores carteles en una sola jornada de las nueve ediciones de la cita: The Black Crowes, David Byrne, Pulp y Nick Cave and the Bad Seeds, con algún añadido de menos relumbrón, pero también gran calidad, como el cabecilla de The National, Matt Berninger, o ese joven con alma de viejo cantante del soul llamado Jalen N’Gonda. Curiosamente, fue la entrada más floja de los cuatro días, 48.000 espectadores por 53.000 el viernes y 57.000 (lleno), el miércoles y el jueves. Pero lo de Nick Cave (68 años) relativizó todo lo demás. Si consigues acceder a las primeras filas de un concierto suyo vas a tener la suerte de que el temperamental artista australiano te cante a ti, y solo a ti. Y con lo magistral que estuvo anoche solo nos queda envidiar a ese público de la parte de delante. A Cave le encanta moverse por una pasarela a escasos centímetros de la audiencia. Para mirar a los ojos a los espectadores, señalarles, chocar las manos, tirarse encima, incluso reñir a alguno o proclamarle su amor. Así de claro: “Te quiero, hijo”, le espetó a un chico que le miraba extasiado con la boca abierta. El reverendo Cave te recuerda, con el ceño fruncido y su gruñido grave, que la existencia humana recorre demasiadas veces un camino de cristales: “En nombre del dolor y el sufrimiento. / Ahí viene un tren, sí, un largo tren negro”, cantó anoche en Train Long Suffering. Con una entrega por parte de los protagonistas superior incluso a la que ofrecieron en octubre de 2024 en Madrid y Barcelona, fue un concierto de dos horas que creció desde la vehemencia.Poseen los recitales de Nick Cave una extraña mezcla de furia vulnerable que los transforma en un acto de fe del que se sale agotado físicamente y reforzado mentalmente. El australiano ya no necesita esconder nada después de pasar por lo peor (qué duele más que ver morir a unos hijos), y lo único que desea es subir a un escenario y contarle al mundo su periplo hacia la redención, que encontró al abrazar algún tipo de espiritualidad. Su alma siempre permanecerá quebrada, pero durante el trayecto se pueden vivir momentos de alegría. Se vivieron momentos maravillosos, como en O Children, primero con él al piano y luego de pie caminando por el escenario; los coros femeninos sublimaron la canción en un momento de noche cerrada y un agradable viento. En ese instante Mad Cool era el mejor lugar del mundo para estar. También conmovió ese vals tan Leonard Cohen llamado Henry Lee, que cantó junto a la bestial voz de una de las coristas. En Wild God, una vez más con la intervención del refuerzo vocal (tres mujeres vestidas con unas túnicas bancas y un hombre con ropas oscuras), transmitió el estado anímico donde lleva tiempo instalado, una especie de sentimiento religioso revestido de indagación filosófica.Alternó material nuevo con canciones que abarcan sus más de cuatro décadas de carrera. Estuvo rodeado de unos Bad Seeds ya baqueteados que se conjuran todas las noches para darlo todo. Entre ellos destacó Warren Ellis, larga barba y figura desgarbada de hechicero, que tocó, siempre espectacularmente, la guitarra, el violín (caray cómo lo maltrató), y armonizó coros además de echar una mano en lo que hiciera falta. Con un impecable traje que acabó empapado en sudor, Cave desplegó un dominio del escenario abrumador gracias a una profunda expresividad y a su capacidad para conectar con el público, con quien habló, lanzó reflexiones y le hizo partícipe coreando melodías. Sonaron Papa Won’t Leave You, Henry, Red Right Hand, Jubilee Street, Hollywood... Finalizó el concierto solo al piano interpretando Into My Arms: “En mis brazos, oh, señor, en mis brazos, oh señor”, y dejó que el público repitiera este ruego. Los espectadores, totalmente cautivados, prefirieron susurrarlo en un momento absolutamente mágico. Cave se dio cuenta de este instante tan especial y al terminar se llevó las manos a los labios y lanzó un sonoro beso. Muac. El recital no pudo cerrarse mejor. Aunque no lo parezca, ocurrieron más cosas en la jornada de ayer sábado. Los Black Crowes conservan sus melenas y les siguen quedando bien las gafas de sol. La estética rockera aún permanece, y también la actitud. Les importa un carajo que su rock and roll suene a viejo, porque lo es. También atemporal. Comenzaron con su clásico Remedy, donde Chris Robinson confirmó que anda fenomenal de voz. Adoptó el cantante esa pose de cuello estirado para impulsar la voz sujetando el pie del micrófono al estilo que patentó uno de sus ídolos, Rod Stewart. Y hablando del bueno de Rod, qué rollo tan Faces le dieron a Jealous Again, que colocaron al principio del recital. “¿Sabéis quién es Otis Redding?“, preguntó Robinson, y no pareció que hablase con ironía porque se respondió, por si había algún despistado: “El mejor cantante de soul de todos los tiempos”. Entonces versionaron Hard to Handle, del titán de Georgia.Pero justo después el grupo entró en una fase de canciones pausadas con largos desarrollos y extensos solos de guitarra que se hizo algo aburrida. Casi al final de sus 90 minutos llegó Twice as Hard y por lo menos pudieron despedirse entonados. Siempre innovador, el gran David Byrne, 74 años, afrontó su actuación acompañado de 12 personas: músicos, bailarines y coristas. Todos vestidos de naranja, moviéndose, dibujando coreografías, algunos músicos con los instrumentos amarrados al cuerpo con arneses. El caso era no estar en ningún momento parados. Incluyó un par de canciones de su último disco en solitario, Who Is the Sky?, y luego se dedicó a entregar temas de su exgrupo, los gloriosos Talking Heads. Inclinó estas canciones del lado que le lleva interesando años, la intersección entre ritmos africanos y latinos. Por ahí transitaron This Must Be the Place (Naive Melody), Once in a Lifetime, And She Was... y, sí, Psycho Killer. Y cerró la jornada Pulp, con el gran intérprete del brit-pop, Jarvis Cocker, dirigiendo al numeroso grupo. El cantante dramatizó con gestos de sus brazos y manos, su cara o del resto del cuerpo cada letra del repertorio. Quiso demostrar el grupo que aún está vivo artísticamente, así que se detuvieron en su último disco, More, de 2025. Pero los momentos más celebrados llegaron con temas del pasado como Disco 2000, Babies, Sorted for E’s & Wizz y, por supuesto, Common People, que cerró las puertas, a eso de las dos de la madrugada, de la edición 2026 de Mad Cool.