Para quien lo haya vivido, pasar de oír una canción a escucharla es lo que marca la diferencia entre el hielo y el corazón. Y no deja de suceder (de hecho, lo último que "olvida" el cerebro es la música), aunque el mejor momento para vivir con intensidad una primera vez sea la adolescencia. Por Jennie a lo mejor hay que ir con mamá, pero para ver a Nick Cave se puede ir sin compañía, como viajar en solitario, así sea por la costa Amalfitana o a través del público de un macrofestival. Es jueves, 9 de julio, y va a sucederse el proceso de una primera vez a los casi 56 años, que son los que tiene Jorge, un "profesional" de los directos, como así se define él y su esposa Marga, con la que se va a París (o a Amberes) prácticamente cada fin de semana para ver conciertos. Pero esta vez hay mundial de fútbol. Juega Marruecos contra Francia en Boston mientras Teddy Swims canta en el segundo escenario del Mad Cool Festival a las 11 y cuarto de la noche. En el "grande" está la ídolo del K-pop Jennie. Los conciertos se han solapado, pero no es el mismo público. Sin embargo, esto será un problema de esta edición, ya que el sonido de los otros escenarios acabaría colándose en los conciertos de los otros grupos. Jorge es tan "profesional" que va a procurar estar en todos los conciertos del Mad Cool que pueda, porque en su haber tiene a The Who, Neil Young, Crosby, Stills & Nash, B.B. King (uno de sus pilares), Eric Burdon, Johnny Winter, Eric Clapton, Donovan, Tom Petty... o Ray Charles, que fue el primero de todos. También vio a Tom Waits en San Sebastián, cuando las entradas se compraban por teléfono. Cuenta que, el día de autos, a las 12 del mediodía, estaban él y su señora esperando a que, en alguno de los cuatro números que tenían, les contestaran. Y cuando lo hicieron, ya a las seis de la tarde, Jorge estaba tan nervioso que no atinaba a dar correctamente el número de su tarjeta de crédito. Estas historias se las cuenta Jorge a la gente con la que coincide en la cola, ya sea para entrar al recinto o esperando luego el taxi de vuelta a casa. Cuenta a unas turistas (alemana y australiana) que a finales de octubre verá a Elles Bailey en la Sala Villanos, mientras que ellas le han recomendado a Courtney Barnett. Bien, porque a Jorge le gusta todo menos Rosalía y la música española. Tampoco le gusta el volumen alto en los conciertos, por lo que agradece que Foo Fighters sonaran tan bien el día 8, en la apertura del festival. Igual tiene que ver el canuto de hachís que un tipo sevillano le había ofrecido. Hacía tiempo que Jorge no le daba un par de caladas a un porro y este que le han dado ha sido entero para él, por lo que la experiencia ha subido de nivel, aunque le haya dado la tos al tragarse el humo. El grupo estadounidense de rock alternativo Foo Fighters durante su enérgica actuación este miércoles en el escenario del festival Mad Cool de Madrid. (EFE/Kiko Huesca) Pero todo es parte del proceso que Jorge sufrirá hasta que Nick Cave cante O Children el día 11, el último día de festival. Pero esto, Jorge, que en realidad es profesor, todavía no lo sabe. Ni siquiera se lo imagina. De guapas y reinas 9 de julio. Segunda jornada del Mad Cool, y Florence + The Machine cierra la primera jornada del festival. A Jorge le da tiempo a ir de un escenario a otro cuando termine Teddy Swims, el motivo por el que se está asistiendo hoy al festival. También por Florence, pero por curiosidad, porque se la habían recomendado hacía tiempo en Escridiscos y resulta que este era el segundo Mad Cool de Florence + The Machine, precisamente cuatro años después, también un 9 de julio. Pero en esta ocasión Florence Welch está presentando Everybody Scream, su nuevo disco, el sexto, donde reflexiona sobre una pregunta recurrente en su obra: ¿qué parte de uno mismo hay que sacrificar para crear arte y conectar con los demás? El ambientazo del público madrileño durante la primera jornada del Mad Cool 2026, una edición especial que celebra el décimo aniversario del festival en el recinto Iberdrola Music. (Europa Press/Ricardo Rubio) En agosto de 2023, Florence Welch sufrió un aborto espontáneo y, días después, se le diagnosticó un embarazo ectópico que requirió una cirugía de urgencia y la llevó a perder una trompa de Falopio debido a una grave hemorragia interna. Ya en 2022, la cantante hablaba en Vogue del "posible impacto de traer un ser al mundo en lo profesional, en el cuerpo y la mente", lo cual cristalizó en el tema King, el corte que abría su anterior álbum, Dance Fever, y que está incluido en el set list de sus directos, también en el de Mad Cool: "...I am no mother... I am no bride, I am King...". "Tener hijos me parece lo más valiente del mundo. Es el acto de fe definitivo y de soltar el mando. Tener un hijo y dejar entrar en tu vida toda esa montaña de amor… Me he pasado la vida tratando de huir de esos sentimientos tan grandes", respondía Florence en la mencionada entrevista. Por eso, a estas alturas de su concierto y pasados ya los 45 minutos de la medianoche, Florence se ha erigido como una especie de chamana salida de Midsommar. Ha bajado del escenario para cantarle a un par de seguidoras a las que ha cogido de la mano. Todo el mundo se apelotona y empuja, y los devotos con corona de flores le besan las manos a Florence pidiendo un milagro. "...Run fast for your father... Run for your children... For your sisters and brothers... Leave all your love and your longing behind...". Jorge está absorto ante la escena que está presenciando. Aunque entiende el inglés, pregunta qué canción es la que está sonando (antes era Sympathy Magic y ahora es Dog Days Are Over) mientras la artista permanece ante sus fieles. Parece que está en trance. El sonido del bajo atraviesa el cuerpo como un rayo a un árbol seco. Ese día el cartel está protagonizado por las mujeres: Lorde, Zara Larsson, Florence + The Machine y la "insufrible" Jennie (para Jorge, que no entiende el fenómeno), que además está haciendo playback, por mucho que sus seguidoras, fundamentalistas y gritonas, digan lo contrario. A Jorge no le pega este público tan joven y mucho menos la cantante coreana en un espacio como el Mad Cool, como no le pegan las botas de cowboy que portan las asistentes que creen que esto es el Coachella, por mucho que todas opten por la misma falda de brilli-brilli y similares poses para la foto que suben a Instagram. El dúo estadounidense Twenty One Pilots revoluciona al público de Madrid durante su concierto de este viernes en el recinto Iberdrola Music para el Mad Cool Festival. (EFE/Kiko Huesca) El 9 de julio es horrible en realidad para Jorge, porque solo por el transporte le está saliendo más cara la rueda que la bicicleta. O sea, que por lo que se está dejando en taxis no le está compensando la entrada al festival. Se nota que Jennie ha arrastrado una masa capaz de agotar, pero es angustioso intentar ver nada; todo está "petado". En cuanto termine Florence, pa' casa, que habrá follón para salir. Interludio Si el 9 de julio fue horrible para Jorge por la clase de público poco apropiado para un concierto, el día 11 se sentiría como en casa al ser una jornada "para puretas": The Black Crowes, Nick Cave, David Byrne, Pulp... Y seguro que no habrá tanto atasco para llegar hasta el recinto porque a la alcaldesa de Getafe, la socialista Sara Hernández, se le ha puesto en la punta de la nariz cortar accesos a su gusto (ella dice que es para "respetar el descanso de los vecinos"), para desgracia de los taxistas, que se están pensando dos veces lo de recoger clientes en la zona. O eso es al menos lo que le han contado a Jorge. Pero sí, el 11, la última noche de Mad Cool, está siendo bastante tranquila con respecto a los días anteriores, sobre todo en lo que a decibelios se refiere, ya que han estado bailando las cifras entre los 45 y los 90 decibelios (y más allá). Estas vicisitudes han deslucido un tanto la edición de este año, provocando cortes y cambios de horarios, modificaciones en la distribución de los escenarios, y que ver a Moby implicaba también escuchar de fondo a Foo Fighters. ¡O peor aún! Que el ruido de la carpa electrónica se metiera en los silencios (necesarios) del show de Florence + The Machine. TE PUEDE INTERESAR Jorge quiere tranquilidad para ver un concierto. Tampoco pide tanto. Pero es que no la encuentra en ningún lugar desde que la capital se ha convertido en el Madrid "de todos los acentos" y "de todos los eventos". Que igual no pasa nada porque Madrid pase un tiempo sin estar de moda, lo mismo no es necesario tanto acento y tanto evento; basta con hacer pocos y buenos, que no producirlos como churros. Es agotador. Espera Jorge que se respete a Nick Cave, la razón por la que volverá a dejarse casi 70 euros en taxis. Misa de diez Día 11. El último de la edición de este año del Mad Cool. Jorge solo piensa en Nick Cave y en cenar antes de que comiencen The Black Crowes en el escenario principal. Hoy hay mucho menos gente que en días anteriores, pero sin embargo el de este día es el mejor cartel. Esto puede ser debido a que Bruno Mars toca por segunda vez en Madrid y coincide, como el partido de cuartos de final de la selección española de ayer (con victoria sobre Bélgica), con los conciertos del Mad Cool. Mejor para Jorge, que no es amigo de las aglomeraciones y a Nick Cave hay que dedicarle calma, silencio y pensamiento. Pero de momento, y con la solana en lo alto, The Black Crowes encienden la tarde con Remedy y el público comienza a llenar los espacios vacíos en este "fucking sunny day", como bien dijo Chris Robinson, que ha cambiado el orden del repertorio con respecto a los conciertos anteriores. Por ejemplo, Rats and Clowns, que debía ser la segunda en sonar, al final fue la tercera (por Sting Me) y la que precedía a Jealous Again. El cantante australiano Nick Cave hipnotiza al público madrileño durante el concierto de clausura del Mad Cool Festival en el recinto Iberdrola Music. (EFE/Kiko Huesca) Pero lo que siente Jorge por Nick Cave es muy visceral, más que lo que puede sentir por The Black Crowes. Sabe que, tras la muerte de su hijo Arthur en 2015, Nick Cave dejó de ser el artista distante y casi bíblico que había construido durante décadas. El dolor transformó completamente su relación con el público. Él mismo ha explicado que la tragedia lo volvió más abierto, más vulnerable y más consciente de la necesidad de conectar con los demás. De esa transformación nacieron proyectos como The Red Hand Files, donde responde personalmente a cartas de personas que atraviesan pérdidas similares: "Descubrí que el trauma inicial de la muerte de Arthur era el código secreto a través del cual Dios hablaba, y que Dios tenía menos que ver con la fe o la creencia, y más con una forma de ver. Llegué a comprender que Dios era una forma de percepción, un medio para estar atento a la resonancia poética del ser", respondía el propio artista. Eso hizo que O Children adquiera una segunda vida. TE PUEDE INTERESAR «...O children... Lift up your voice, lift up your voice...» Está Nick Cave haciendo equilibrios entre el escenario y el público. En primera fila, se le puede ver sudar. Estira su brazo y cientos de manos se abren a ciegas esperando ser tocadas por la mano de Dios. Y eso que solo va por la quinta canción. Jorge está, como con Florence, viviendo algo muy parecido. No es de sacar el móvil y hacer fotos de todo, pero al menos es capaz de respirar y pestañear, cosa que ahora no hace debido al shock por el que está pasando. O Children fue publicada en 2004, dentro del álbum Abattoir Blues / The Lyre of Orpheus, once años antes de que muriera Arthur (2015) y dieciocho antes del fallecimiento de Jethro (2022). Pero precisamente por eso resulta tan poderosa hoy: el significado de la canción ha cambiado con el tiempo, tanto para Nick Cave como para el público. Cuando escribió O Children, el compositor no estaba llorando la muerte de un hijo, estaba escribiendo sobre la culpa de los adultos y el mundo que se lega a quienes vienen detrás. Es una canción en la que una generación pide perdón a la siguiente: "...Forgive us now for what we've done...". Hay imágenes de violencia política, de totalitarismo –las referencias al gulag, los trenes, "los limpiadores"– que funcionan como metáforas de un mundo roto. Pero lo extraordinario ocurre después. Nick Cave and the Bad Seeds hipnotizan al público madrileño durante la última jornada del Mad Cool 2026, una edición especial que conmemora el décimo aniversario del festival. (Europa Press/Ricardo Rubio) Cuando hoy Nick Cave se baja del escenario y avanza entre el público mientras suenan esos coros casi litúrgicos, la canción ya se percibe como una celebración de la fragilidad compartida. El público no levanta las manos porque espere tocar a una estrella del rock; las levanta porque, durante unos minutos, Cave se ha convertido en alguien que ha sobrevivido a un dolor inimaginable y que ha decidido permanecer abierto al mundo. TE PUEDE INTERESAR Ocurre algo similar con Papa Won't Leave You, Henry, más adelante en el repertorio. A través de la canción, el artista explora el intenso esfuerzo de la paternidad desde la perspectiva de un joven que le promete a su hijo estar siempre a su lado, incluso en los momentos más oscuros. "...Well, the road is long... And the road is hard... And many fall by the side... But Papa won't leave you, Henry... So there ain't no need to cry...". Incluida en el disco Henry's Dream, la canción supuso un giro en su cosmovisión vital al convertirse en padre. Hace calor en Madrid. Nick Cave, cantando Red Right Hand, acude a su parroquia para que le presten un abanico con el que poder abanicarse. Warren Ellis, detrás de él, rasga las cuerdas de su guitarra (o de su violín) ajeno a la batalla que se ha desatado entre el infierno y el paraíso y que dará fin al llegar Into My Arms. El truco final Tanto Florence Welch como Nick Cave han convertido sus respectivos conciertos en el Mad Cool en una especie de ritual de comunión; cada uno a su modo y forma, pero en los dos casos ha desaparecido la separación entre escenario y platea. Florence baja para abrazar, sostener manos y mirar a los ojos; Nick Cave hace lo mismo. Los dos construyen una liturgia contemporánea donde sus públicos buscan una experiencia de consuelo, de redención o de pertenencia. TE PUEDE INTERESAR La diferencia es que cada uno llega a ese lugar por caminos distintos. En Florence, el ritual nace de la teatralidad, del misticismo y de una espiritualidad pagana que atraviesa discos como Everybody Scream. En Nick Cave, nace de una transformación vital: el hombre que antes escribía sobre culpa, fe y redención terminó viviendo una tragedia que hizo que esas palabras dejaran de ser metáforas para convertirse en experiencia. Esa es probablemente la conexión más interesante entre ambos: han conseguido que sus conciertos funcionen como ceremonias en las que miles de personas buscan, durante unos minutos, sentirse menos solas. Jorge tampoco es que esté solo. Marga sigue a su lado. Sin embargo, mientras Nick Cave avanzaba entre el público, durante unos minutos el festival desaparecía. Solo quedaban él y Nick Cave y nadie alrededor. Después de todo, el truco final para Jorge era estar también en el concierto de David Byrne, al que ha visto varias veces, la última en Noches del Botánico. Pero está algo cansado y, por qué no, bastante tocado al darse cuenta de que O Children de Nick Cave le ha hecho apreciar a Florence + The Machine, como si hubiera tenido una epifanía. Y, de hecho, es lo que ha estado viviendo desde que pisara el recinto el día 9. Se ha puesto Jorge del revés. Mientras Florence + The Machine y Nick Cave han convertido sus conciertos en una liturgia emocional, David Byrne sigue empeñado en mirar hacia delante. No apela a la nostalgia de Talking Heads, pero utiliza esas canciones como si fueran piezas de un mecanismo todavía vivo: Psycho Killer, ya no pertenece a 1977, mientras que Once in a Lifetime parece escrita para un mundo gobernado por algoritmos y Burning Down the House continúa sonando menos a recuerdo que a advertencia. TE PUEDE INTERESAR Esa es probablemente la mayor singularidad de David Byrne: sus canciones sobreviven porque han cambiado de significado con el paso de las décadas, exactamente igual que ocurrió con las de Nick Cave tras la muerte de Arthur. La diferencia es que Byrne no necesita explicarlas: basta observar cómo un simple desplazamiento de los músicos, un cambio de luz o un gesto aparentemente mecánico convierten el escenario en una pequeña obra de teatro. Pero el telón ha caído ya para Jorge, que deja a medias el concierto de David Byrne mientras encara la salida del recinto con Life During Wartime a sus espaldas, retumbando en el ambiente cada vez más apagado. Jorge se gira por última vez. Marga marcha con él en silencio, planeando mentalmente el próximo viaje a Amberes. No será Nick Cave ni Florence + The Machine; han tenido suficiente, sobre todo Jorge, que sigue aturdido por la experiencia que ha vivido estos días en el Mad Cool cuando pensaba que ya estaba de vuelta de todo.