La cumbre de la OTAN que ha tenido lugar en Ankara esta semana pasada, ha reproducido el esquema de la que se celebró hace un año en La Haya y de todos los encuentros internacionales en los que ha participado el presidente Trump en su segundo mandato. Él es el centro, el rey sol, y exige pleitesía a los que giran a su alrededor. Todo se refiere a él, cómo le han tratado, cómo han aceptado lo que él ha dicho, cómo han alabado los demás sus maravillosas ideas e iniciativas. Llegó a la cumbre diciendo que asistía porque el anfitrión era el presidente turco Erdogan que es su amigo, lo que en lenguaje trumpiano significa que le adula. Si no hubiera sido allí, el líder del mayor país de la Alianza Atlántica no habría ido, al menos eso dice, demostrando el poco respeto que tiene a sus aliados y a la propia organización, que confirma cuando reitera su deseo de apropiarse de Groenlandia. A partir de ahí, reproches y diatribas a sus aliados por negarle su apoyo en su campaña contra Irán, con particular acritud hacia España que, además de no permitir el uso de sus bases para esa guerra, se niega a “pagar” lo suficiente. Somos “mala gente” según él, aunque después, en el avión presidencial que le llevaba de vuelta a EEUU pasamos a ser otra vez buena gente, al parecer por un compromiso de gasto que nuestro país había comprometido mucho antes de la cumbre.
Una alianza ficticia y sin rumbo
Trump no quiere aliados, quiere vasallos. No admite que nadie le contradiga o no le obedezca, al menos abiertamente











