La peor manera de aproximarse al fenómeno creciente de la derecha radical es considerarla únicamente un artilugio de ingeniería política manejado por perversos chamanes expertos en la manipulación de mentes. Este punto de vista insiste en atribuir el crecimiento de estas formaciones, Aliança Catalana y Vox en nuestro entorno, básicamente a la desinformación y a la falta de escrúpulos de sus dirigentes en el arte del engaño. Desde esta perspectiva, el ciudadano –tan inocente como estúpido– deviene un insecto atraído fatalmente por la luz ultravioleta que lo acabará achicharrando.Todo ello puede que sea más o menos cierto. Pero desde luego no es muy diferente a como se maneja toda oferta política en una democracia de masas. La demagogia, la exageración y la desinformación son moneda de uso común en todo el espectro ideológico. También lo es el intento de activar la respuesta visceral del electorado. Y siendo esto compartido, insistir en explicarnos el alza de las opciones radicales casi exclusivamente a través de estos argumentos resulta de lo más confortable, pero también perezoso. Y desde luego solo sirve para engañarse a uno mismo y a los demás. Quique García / EFEDecimos confortable. Y sin duda lo es, pues nos permite ser, desde nuestras atalayas, indulgentes con los ciudadanos seducidos por estas formaciones sin necesidad de criminalizarlos. Son, digámoslo así, buena gente en malas manos. Y como no son más que víctimas de la manipulación y la desinformación, bastaría con que supiesen la verdad para recuperar el sentido común y que el cielo volviera a lucir despejado sobre sus cabezas. Y añadimos que esto es engañarse a uno mismo y a los demás porque niega de raíz la posibilidad de que sea la propia experiencia ciudadana, por supuesto que azuzada a través de organizaciones políticas, la que dirija a muchos votantes a experimentar con los extremos.Tantas de las cosas que escuchamos hoy, recibidas con aquiescencia por parte de segmentos cada vez más amplios de población, hubieran sido tachadas de ridículas y condenadas a la marginalidad hace unos años por los mismos que ahora las abrazan. De hecho, ya había entonces quien las decía. Y efectivamente, la abrumadora mayoría dispensaba el trato de friquis o locos a los que hacer oídos sordos o responder con indiferencia o directamente a través de la burla.La tentación de experimentar con la derecha radical es una respuesta al conformismo de la política tradicionalCabe, pues, preguntarse por qué pasados los años ese material ideológico, que ni tan siquiera estaba entre las referencias del supermercado de la política, no solo ocupa ahora un lugar preferente en las estanterías de los lineales, sino que se vende como churros.Para contestarnos, o más bien para mantener en pie la consoladora idea de que en realidad todo se explica por un eficacísimo teatro de marionetas, se explota la idea de la “percepción”. Es este un ungüento de lo más ineficaz. Pues consiste en negar al ciudadano su propia experiencia para intentar abrirle los ojos a través de las estadísticas oficiales o los discursos bienintencionados.La respuesta acostumbra a ser la contraria de la que se pretende, pues aboca al ciudadano no solo a enrocarse en su posición, sino a convencerse también de que no hay solución posible a través de las ofertas políticas plenamente institucionalizadas que manejan escenarios teóricos muy alejados de las aceras y calles.Si el argumento de la “percepción” se antoja insuficiente, se oferta en muchos casos uno peor: la resignación. Puede que en algunos temas el ciudadano seducido por lo ultra lleve razón, solo que no le queda otra que apechugar. Así son las cosas y así es el tiempo que nos ha tocado vivir. Cosas de la globalización, la tecnología, el capitalismo turbofinanciero y todo cuanto queramos echar en la olla. Ni que decir tiene que desde el rigor, esto es esencialmente cierto y no hay fórmulas mágicas ni rápidas para revertir según qué tipo de problemáticas. Pero cuando la resignación se torna hegemónica, lo que el ciudadano advierte es una suerte de conformismo de la política tradicional, o peor aún, una rendición de esta que le impide actuar con energía, decisión y un mínimo de eficacia para atajar según qué cuestiones.Llegados ahí, la tentación de experimentar con lo radical se torna no solo sugerente, sino que también comprensible. Y en este punto, se suben al carro no solo los feligreses que creen en soluciones milagrosas, sino también los que desde el consciente escepticismo afirman querer que, al menos, “pase algo”. ¿El qué? No acaban de saberlo. Pero quieren agitar el avispero.
Percepciones y resignación, por Josep Martí Blanch
La peor manera de aproximarse al fenómeno creciente de la derecha radical es considerarla únicamente un artilugio de ingeniería política manejado por perversos chamanes expertos en la manipulación de mentes. Este punto de vista insiste en atribuir el crecimiento de estas...








