La abusiva identificación entre ser conservador y el franquismo ha llevado a situar erróneamente al independentismo en el hemisferio progresista
Si alguien que se tiene a sí mismo como de izquierdas no siente auténtico y genuino pavor ante la, según parece, inminente llegada al poder de la extrema derecha, lo suyo es que experimente una profunda preocupación interior y que se haga algunas preguntas de calado como las siguientes: ¿estaré contribuyendo con mi escepticismo a blanquear el fascismo? ¿Me habré constituido, sin pretenderlo en absoluto, en cómplice de una de las más siniestras corrientes políticas del siglo XX? ¿Me serán de aplicación en el futuro las conocidas palabras de Martin Niemöller (ya saben: “Primero vinieron por los socialistas, y no dije nada, porque yo no era socialista / Luego vinieron por los sindicalistas…“, etcétera), de los que se hacen acreedores los tibios de todas las épocas? O, más grave aún: ¿mereceré de pleno derecho ser incurso en ese universo que algunos han dado en denominar la fachosfera?
Son preguntas ciertamente preocupantes y de no fácil respuesta, sobre todo habida cuenta de que los contornos de dicho universo, lejos de ser mínimamente estables, van variando de manera constante a medida que varían los intereses de quienes se han arrogado el monopolio de la defensa ante su amenaza. Hasta el punto de que entienden que cualquier cosa que no sea alinearse con las posiciones que ellos sostienen equivale a hacerle el juego al enemigo. Así, no es raro que aquel que en un determinado momento se ajustó fielmente a lo sostenido por los que tenía por los suyos, se vea expulsado a las tinieblas exteriores y señalado como sospechoso de criptofascismo o cosa parecida si continúa sosteniendo lo mismo después de que esos presuntos suyos hayan decidido abandonar su punto de vista inicial y asumir exactamente el contrario.






