El presidente Trump ha protagonizado dos recientes episodios que revelan su personalidad. El primero ha sido su exitosa llamada al obsequioso Infantino, para que levantase la sanción impuesta a un futbolista estadounidense. Y el segundo, su vómito de descalificaciones y afrentas a sus socios de la OTAN en la cumbre de Ankara.Estamos ante un caso claro de autócrata con ribetes estrafalarios, cuya ignorancia, vanidad, grosería, desvergüenza y desprecio por los demás alcanzan cotas homologables a las de los peores dictadores que han dejado una estela de muerte y destrucción, y a cuyos extremos de abyección él no puede llegar gracias al marco en que se desenvuelve: una democracia aún fuerte pese a sus notorios achaques, que él fomenta con sus constantes abusos. Lo que invita a detenerse un instante en el perfil de los autócratas. Es un lugar común que estos individuos priorizan la conservación del poder por encima de todo, mediante la manipulación, el culto a la personalidad y la represión sistemática. Los psiquiatras y psicólogos han dibujado patrones recurrentes de estos liderazgos con los siguientes rasgos: Horst Wagner / EfeNarcisismo: Ofrecen al público una imagen de triunfador, al tiempo que adolecen de megalomanía y exhiben una necesidad constante de admiración y validación. Son refractarios a la crítica y estigmatizan cualquier oposición como una afrenta personal.Desconfianza: Perciben su entorno plagado de peligros. Este delirio los impulsa a erosionar la división de poderes y a hacerse con el control absoluto de las instituciones, así como a purgar cuando les convenga y sin dar explicaciones a sus colaboradores. Y también manipulan sistemáticamente a sus conciudadanos con una obsesiva propaganda. Lo que, unido a su falta de empatía con todos, a su frialdad y a su impávida determinación, les hace insensibles a las consecuencias de sus decisiones y, en concreto, al sufrimiento ajeno que provoquen. Ellos están por encima del bien y del mal.Redención: Acceden al poder y se consolidan en él en aras de un ideal de salvación: a) manipulando a las masas, mediante la atribución de la causa de todos sus males a grupos minoritarios (judíos, inmigrantes…), a sus adversarios políticos (la derecha o la izquierda) o a la perversa influencia de un enemigo exterior, y b), uniendo a sus seguidores bajo el señuelo de una falsa superioridad moral autootorgada y de un desbocado sentimiento de agravio.Sánchez debería haber rechazado las palabras del presidente de EE.UU. o evitar el encuentroEs evidente que en Trump se concentran generosamente todos estos caracteres, adobados con unos alardes de vanidad, vulgaridad y prepotencia chulesca que, si no fuesen peligrosos por el cargo que ocupa, serían grotescos y patéticos. Es un personaje de ínfima contextura moral, ignorancia acreditada y mala educación flatulenta.Así las cosas, ¿qué hacer ante uno de sus exabruptos? La primera respuesta es evidente: no entrar al trapo y evitar la confrontación abierta por razones de decoro. Con él no se puede discutir en su terreno sin embarrarse. Ahora bien, esto no conlleva darle la razón ni echar balones fuera. Y digo esto por Mark Rutte, que se la ha dado a veces, aunque sea en parte, y ha callado prácticamente siempre, con olvido flagrante de que las quejas de Trump sobre la OTAN, aunque puedan ser justificadas en parte, no deben aceptarse de la forma insultante en que son expuestas.Y tampoco me parece adecuado que el presidente Sánchez, inmediatamente después de que el presidente Trump dijese, entre otras afrentas, que todos los españoles somos “mala gente”, echase balones fuera hablando con él superficialmente de deportes. No era momento, por supuesto, de organizar un guirigay, pero sí de decir correcta y secamente que se rechazan sus palabras o, sencillamente, de evitar el encuentro y callar. Pero nunca –a mi juicio– de contemporizar como si no pasase nada. No puedo evitar que este diálogo “deportivo” me recuerde aquel dicho gallego: “Si te mean, di que llueve”. Y a mí no me gusta que nos meen.No se trata de armar la de Dios, pero sí de fijar con tanta cortesía como firmeza la propia posición.