Desde los halagos hiperbólicos del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a los premios inventados por el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, son numerosos los líderes de diferentes ámbitos que han tratado de ganarse el favor -o no ponerse en el punto de mira- del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para quien el conflicto y la ofensa personal forman parte de la estrategia de negociación. La cuestión es, si es realmente posible utilizando esta estrategia que Trump negocie con normalidad sobre cualquier tema. Para Luis Simón, director de la oficina de Bruselas del Real Instituto Elcano la alternativa no es elegir entre servilismo y confrontación, sino que existe una tercera opción: ganar tiempo. En su opinión Europa debería jugar al largo plazo. A su vez, el periodista Xavier Vidal-Folch defiende que Trump no es de fiar y que los halagos que se le dirijan solo servirá para abochornar a los demás.Adular no basta, pero desafiarle puede salir peorLUIS SIMÓNLas repetidas alabanzas de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, hacia Donald Trump sonrojan a muchos europeos. Para muchos, ese pragmatismo diplomático es una humillación que alimenta el ego de un presidente acostumbrado a interpretar las concesiones como debilidad.Los críticos no carecen de razón. Trump entiende las alianzas en términos transaccionales: quien depende más, paga más; quien tiene menos alternativas, cede más. La deferencia difícilmente le saciará. Puede incluso animarle a seguir apretando. Como ha señalado recientemente el politólogo Stephen Walt, Estados Unidos podría convertirse en un hegemón depredador, que perciba la dependencia de sus aliados como una oportunidad permanente de extracción.Pero reconocer este rasgo no nos lleva a concluir que plantarle clara a Trump sea la alternativa. En política internacional, la capacidad para resistir la presión depende menos de la dignidad que de tu posición negociadora. Ese es el problema europeo. A pesar del aumento del gasto en defensa, Europa sigue dependiendo de EE UU en ámbitos críticos como inteligencia, vigilancia y reconocimiento, mando y control, entre otros. Desarrollar estas capacidades exige décadas de inversión, experiencia operativa e integración tecnológica. La dependencia también es política. Durante décadas, el liderazgo estadounidense ha mitigado los problemas de acción colectiva entre los aliados europeos: ha coordinado prioridades, integrado capacidades y proporcionado una estructura capaz de transformar una suma de ejércitos nacionales en una fuerza militar coherente. Si EE UU decidiera restringir el acceso europeo a algunas de esas capacidades o reducir de forma desordenada su papel organizador dentro de la OTAN, el coste para la seguridad y la cohesión de Europa sería inmediato. Pensar que esa realidad desaparece mediante declaraciones de firmeza resulta tan ingenuo como creer que adular a Trump resolverá el problema.La alternativa no es elegir entre servilismo y confrontación. Existe una tercera opción: ganar tiempo. No porque la adulación haga a Trump más benévolo. Sino porque reducir la tensión puede evitar rupturas prematuras mientras Europa acelera el desarrollo de las capacidades que necesita para reducir sus dependencias más críticas.Pero Europa no debe confundir ganar tiempo con resolver el problema. Ese tiempo solo tiene sentido para reforzar capacidades críticas y reducir dependencias que limitan su margen de maniobra. De lo contrario, la prudencia habrá servido únicamente para aplazar el problema. La estrategia consistiría en modificar, con el tiempo, la relación de poder que hace necesarias una u otra actitud. La ironía es que esa estrategia también podría beneficiar a EE UU. Una Europa más capaz permitiría un reparto más equilibrado en la OTAN y facilitaría que Washington concentrara más recursos en Asia sin poner en riesgo la seguridad europea.Trump también corre un riesgo de cálculo. Un hegemón que convierte sistemáticamente la dependencia de sus aliados en extracción incentivará la diversificación, debilitando las redes de relaciones que sostienen su poder. Pero Europa también puede equivocarse. Pensar que un choque con Trump puede alterar una relación de dependencia sería confundir retórica y estrategia. Trump juega al corto plazo: maximizar concesiones de unos aliados dependientes. Europa debería jugar al largo plazo: utilizar ese tiempo para reducir las dependencias que hoy limitan su capacidad de maniobra y reforzar el pilar europeo de la Alianza.Las relaciones internacionales premian la capacidad, no la indignación. Y Europa dejará de tener que elegir entre halagar al aliado del que depende o desafiarlo desde una posición de debilidad cuando haya fortalecido sus capacidades propias. El déspota que no paga traidoresXAVIER VIDAL-FOLCHNo hay episodio reciente más irrisorio en la pequeña geopolítica. Aunque también casi trágico, pues se trata —como siempre con él— de que ha violado en toda regla las reglas del juego, reeemplazadas por su poder unipersonal, caprichoso, neoimperiaL. Donald Trump halagó y/o sobornó, a pago revertido de reconocimiento y fama, al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, su adulador más servil, en lo que compite gozoso con el jefe de la OTAN, Mark Rutte. Pretendía que retirase la tarjeta roja a su futbolista Falorin Balogun, sanción ejecutada por el árbitro de turno en modo impecable. Así lo procuró el divino calvo de ese olvidable organismo, denostado en el caso por su hermano menor, y menos extractivo, la UEFA. Y a la siguiente ronda del Mundial, el equipo de EE UU ya perdió contra ¡la europea! Bélgica por cuatro a uno. Otra vez adiós al Nobel, ahora futbolero.Esta es una curiosa revisitación del episodio “Roma no paga traidores”: un general del imperio sobornó en Hispania a tres colegas del líder resistente Viriato. Cuando acudieron a cobrar la astilla prometida, el avieso militar, Quinto Servilio Cepión, les espetó: “Roma traditoribus non praemiat”. Hoy, los traidores (a las normas) son ambos, Infantino y Trump. No alcanza recompensa para ninguno de los tramposos, sino vergüenza. Así que ensalzar, piropear o sobornar resulta una técnica negociadora habitualmente fallida, aunque por supuesto se registren excepciones. A Trump se le ha atribuido el síndrome patológico del matón de patio de colegio. El dicta la ley. Los demás deben arrodillarse. Los discrepantes son lanzados a las llamas de su retórica zorrocotronca. Versión popular de la dialéctica del amo y el esclavo de raíz hegeliana: el amo lucha agónicamente para someter al otro, y emerge como tal, mientras el sometido se aviene a humillarse, miel sobre hojuelas.La cuestión desde que el magnate ocupó de nuevo la Casa Blanca hace año y medio no es ya de Ética ni de Política, sino más secundaria, aunque nada despreciable: pragmática. De modos. De técnicas negociadoras. De consabidos trucos. Adular a Trump, ¿funciona? Casi, cuando su socio genocida Benjamin Netanyahu le hace babear al tildarle de “mejor presidente” estadounidense de la historia para Israel: pero con límites, si le desaira boicoteando demasiado sus planes de armisticio. Nunca opera con los dos grandes poderes alternativos, se niegan a enlodarse de halagos. El ideológico-religioso de Robert Prévost —León XIV—, que no se arredra al proclamar, con envidiable dignidad: “No le tengo miedo”. Y la superpotencia rival: solo una vez silabeó (dura, pero en sordina) en este tiempo, que “China está lista para enfrentarse a EE UU hasta el final” en “cualquier tipo de guerra”, en primer lugar la arancelaria.Por esta resistencia y por la autoconvicción de China de ser Poder, también comercial, tecnológico y hasta en “tierras raras” indispensables para la vida digital, Trump acabó homenajeando a su líder en Pekín: Cuando su Estrategia de Seguridad la reputa como principal enemiga. Ha acabado respetándola. Como, en menor grado, a Brasil o Canadá. Con Europa es distinto, la encona, quizá por envidiarla. Por carecer de músculo, como confirmó la presidenta de la Comisión en su rendición arancelaria. No conviene estirar más la manga que el brazo, cierto. Y resulta indispensable a la economía europea, por su condición de la más abierta del mundo (y por tanto, con más flancos) usar mano de hierro, pero en guante de seda: compaginar firmeza (ni siquiera sugirió el uso del “instrumento anti-coerción” ideado contra Putin) con respeto negociador (en vez de tragar sin fin). Pero el déspota la consideró vencida sin lucha, pues imploraba interlocución: firmó en su propio club de golf escocés. Y luego varios líderes europeos le rindieron pleitesía en el Despacho Oval.Solo cuando amenazó con okupar Groenlandia, la UE reaccionó. Y más con Irán, en que casi todos siguieron la línea firme de España. Por eso no paga con caricias a sus “traidores”. Ni a la exíntima Giorgia Meloni (“me da pena”); ni a Friedrich Merz (porque le dijo que Irán le había “humillado”). Ni a Emmanuel Macron (me susurra “lo que quieras Donald”, pero “no se lo digas a la población”). Los ve como traidores. Chismoso, y volátil, reabre siempre los asuntos ya pactados. Por eso no es de fiar. Ni con él valen de nada los halagos. Solo para abochornar.
El debate | ¿Funciona adular a Trump?
La imprevisibilidad y el temperamento volcánico del presidente de Estados Unidos desconcierta y preocupa a los líderes que tratan con él y que no aciertan con la mejor estrategia para tratarle como a cualquier otro mandatario internacional












