El presidente de EE UU da tumbos constantes porque su única estrategia es satisfacer su ego

1. Es difícil leer la política internacional cuando el primer plano, donde viene figurando Estados Unidos, lo ocupa un personaje delirante como Donald Trump, incapaz de sostener un argumento o definir una estrategia, de modo que nunca se sabe hasta dónde quiere llegar y menos todavía el modo de conseguirlo. La puesta en escena es conocida: el despliegue sin límites de una personalidad que

ttps://elpais.com/internacional/2026-03-23/hitler-con-demencia-o-presidente-sobrehumano-el-debate-sobre-la-salud-mental-de-trump.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/internacional/2026-03-23/hitler-con-demencia-o-presidente-sobrehumano-el-debate-sobre-la-salud-mental-de-trump.html" data-link-track-dtm="">transmite un ego desbordado por la necesidad de reconocimiento del que vive a distancia de la realidad, instalado en la autocomplacencia e incapaz de leer los límites: hasta dónde se puede llegar, hasta dónde pueden estar dispuestos a ceder los adversarios.

Sus enfáticas apariciones carecen de lógica. Trump entra convencido de ser el más fuerte, pero no sabe cómo mantener la posición (convencido de que se sostiene por sí sola con su atrabiliaria presencia), y se encharca con suma facilidad con serias consecuencias para Estados Unidos. Por fin, aparecen los primeros indicios de que la exhibición de frivolidades de Trump empieza a cundir en América y está decayendo la imagen de un personaje que deslumbra con su descaro y seduce a amplios sectores de las clases medias y populares que buscan en el autoritarismo el espacio donde encontrar el amparo en una sociedad en la que se sienten en riesgo.