Todo es volátil en la política del presidente de EE UU, salvo el delirante culto a su vanidad, la depredación económica y su potencia destructiva contra la legalidad
Los quiebros de Trump son espectaculares e inextricables. Hace una semana, preparaba una segunda cumbre con Putin, en la que pretendía entregarle Donbás a espaldas de Ucrania, y ahora le impone
itle="https://elpais.com/internacional/2025-10-22/estados-unidos-se-dispone-a-anunciar-un-aumento-sustancial-de-las-sanciones-contra-rusia.html" data-link-track-dtm="">un severo régimen de sanciones, por primera vez bajo su presidencia y a iniciativa propia, no del Congreso, además de anular la reunión de Budapest, que Viktor Orbán patrocinaba, evitando así un insulto a la legalidad penal internacional en territorio europeo.
También ha sucedido con Gaza, cuando ha forzado a Israel a terminar la guerra y rechazado la anexión de Cisjordania, tras agitar el señuelo de un vergonzoso resort trumpista, con limpieza étnica incluida, sobre las ruinas y fosas de la guerra.
Todo es volátil e imprevisible, salvo el delirante culto a su vanidad, la depredación económica asegurada y su potencia destructiva contra el orden constitucional de su país, la legalidad internacional, e incluso la arquitectura de la Casa Blanca. Si ahora presiona a Putin, mañana puede regresar a las andadas. Su acción errática, sumada a las guerras en marcha, siempre imprevisibles, son las variables que modelan el nuevo orden sin reglas en sustitución del antiguo surgido de la II Guerra Mundial.






