El Supremo de EE UU reduce los riesgos de guerra comercial, pero los ataques a Irán sitúan en máximos la incertidumbre geopolítica y geoeconómica
El politólogo de cabecera del nazismo le susurraba al oído a Hitler que la política consiste en identificar al enemigo; la aportación de los ideólogos del trumpismo a la espiral reaccionaria es sembrar el caos. Durante un año largo, Donald Trump ha acelerado obsesivamente hacia ese doble objetivo agarrado a un martillo en forma de aranceles con el que amenazab...
a a sus aliados históricos, a sus rivales sistémicos, a todo quisque. El Supremo de EE UU le arrebató el martillo hace unos días. Los contrapoderes empiezan a sublevarse: “El Supremo ha acabado con esa táctica de dividir y vencer y consigue así eliminar una de las principales fuentes de incertidumbre del trumpismo”, resume Richard Baldwin, uno de los grandes expertos en comercio internacional. Pero Trump es una máquina de novelar, y al quedarse sin martillo ha agarrado el lanzallamas y, arrastrado por Israel, ha incendiado Oriente Próximo con el ataque a Irán.
Los 14 meses de Trump en la Casa Blanca son algo parecido a la secuencia entre los títulos de dos películas de Bergman: Tortura y Crisis. En ese lapso, ha dinamitado el orden internacional, ha contribuido a que Israel deje Gaza como un solar, ha puesto en peligro la defensa de Ucrania, ha intervenido Venezuela y ha amenazado a Europa, siempre con un desprecio olímpico por el derecho internacional. Y cuando la incertidumbre parece que da un respiro por la sentencia de los aranceles, vuelve a elevarlo hasta cotas himalayescas con la guerra en Irán, que se extiende por todo el Golfo y alcanza incluso a Chipre, la isla más oriental de Europa, a media hora en avión de Damasco.







