Washington se desayunó este domingo con algunos detalles sobre la gestación y el lanzamiento la noche anterior de bombardeos sobre tres instalaciones nucleares en Irán, pero aún inmersa en un océano de incertidumbres acerca de lo que condujo a ese ataque sin precedentes y, más importante, sobre las imprevisibles consecuencias que puede tener la súbita conversión militarista de Donald Trump. El presidente estadounidense ha tardado exactamente cinco meses en romper con la palabra de no meter a su país en otra guerra, y lo único claro es que ese espectacular cambio de idea ha disparado la tensión en un Oriente Próximo en estado incandescente y en un tablero mundial que se desliza cada día un poco más hacia un escenario peligrosamente parecido al de una guerra global.
Ni el secretario de Defensa, Pete Hegseth, que ofreció una conferencia de prensa de buena mañana para compartir los pormenores militares y balísticos, ni el vicepresidente, J. D. Vance, estuvieron en condiciones de decir, más allá de la persistente retórica victoriosa de la Administración de Trump, si los ataques habían logrado su objetivo: fulminar la capacidad de enriquecimiento de uranio de las bases de Fordow, Natanz e Isfahán. Hegseth insistió en el mensaje del presidente estadounidense de la noche anterior, quien sí dijo en una breve comparecencia en la Casa Blanca que las tres instalaciones habían sido “completa y totalmente borradas del mapa”. Según esa retórica algo reñida con la verdad, todo esto solo se trata de una maniobra disuasoria, de colocar a Teherán en la disyuntiva entre la “paz” y la “tragedia”. Horas después, Trump pareció reconocer un nuevo objetivo: “No es políticamente correcto usar el término ‘cambio de Régimen’, pero si el actual régimen iraní no puede hacer Irán grande de nuevo, ¿por qué no desear un cambio de régimen?”, escribió el domingo por la tarde en su red, Truth Social, la misma plataforma en la que el día anterior había dado al mundo la noticia del ataque.






