El mundo asistió este domingo al nacimiento de un nuevo Donald Trump, el belicista, que desmiente con sus acciones las abundantes promesas y declaraciones del Trump que expresaba retóricos deseos de paz y subrayaba su aversión a inmiscuirse en los regímenes políticos de terceros países como hicieron algunos de sus predecesores en la Casa Blanca.
La realidad es que no hay paz allí donde prometió que la habría “en 24 horas”: ni en Ucrania ni en Gaza. Todo lo contrario. Las fuerzas aéreas bajo sus órdenes bombardearon ayer Irán, prescindiendo del plazo de 15 días que él mismo había fijado como ultimátum al régimen de Alí Jameneí para que renunciara a su programa de enriquecimiento de uranio y se rindiera sin condiciones.
Días atrás, su secretario de Estado, Marco Rubio, había calificado de “acción unilateral” los ataques de Israel contra la República Islámica y su directora de inteligencia, Tulsi Gabbard, había asegurado que el peligro de que Irán contase con el arma nuclear no era inminente. Finalmente, Trump —que en un principio había tomado una prudente distancia respecto a la ofensiva lanzada el pasado día 13 por Benjamin Netanyahu— ha decidido subirse al carro del vencedor, arrastrado por los halagos y los éxitos militares del primer ministro israelí.






