El mundo galopa hacia un abismo oscuro, espoleado por tenebrosos liderazgos que no dudan en recurrir a la fuerza para afirmar sus intereses. El atlas geopolítico ya contaba con un Putin y un Netanyahu desatados; ahora, quienes creyeron a las promesas trumpistas según las cuales el presidente del América Primero buscaría terminar guerras en vez de empezarlas no tienen más remedio que sumar a Trump a la lista de líderes que proyectan sin contemplaciones el poder con la violencia. El ataque de Estados Unidos abre paso a riesgos de gran envergadura.

La esperanza de Trump es que un régimen iraní debilitado por la clara demostración de inferioridad militar —evidente ya en los choques con Israel de 2024— opte por la rendición incondicional que busca la Casa Blanca y que el asunto se zanje así. Este escenario es altamente improbable.

Más probable es que Irán busque represalias.

Puede intentarlo con ataques convencionales contra las múltiples bases de EE UU en la región que están al alcance de sus misiles, y solo algunas de las cuales disponen de defensa antiaérea. Washington tiene despliegues de distinta índole en Baréin, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Irak, Jordania, Omán Arabia Saudí y Siria. Por supuesto, también podrían ser atacados objetivos militares navales desplegados en la zona.