Bajo el desprecio a la OTAN y la indefinición respecto a Irán, emerge la realidad de que EE UU no tiene ningún plan en Oriente Próximo
El presidente de Estados Unidos pronunció el miércoles por la noche un discurso a la nación ante la incertidumbre sobre el curso de la guerra que él mismo inició contra Irán hace seis semanas. Sus palabras consiguieron crear aún más intranquilidad mundial, como se demostró con la caída de los mercados financieros y la nueva subida del petróleo apenas horas después. Donald Trump afirma que la guerra puede durar dos o tres semanas más, que reabrir el estrecho de Ormuz para solucionar el bloqueo energético no es asunto suyo, que Irán quiere negociar, pero también que puede enviarlo “a la Edad de Piedra”. Quien estuviera esperando algo de claridad sobre el plan a seguir se dio cuenta de que no hay plan. Unas horas antes, había dicho que está pensando sacar a su país de la OTAN.
Este comentario es por sí solo representativo de hasta qué punto el país que construyó la arquitectura diplomática, militar y comercial de Occidente es hoy su principal agente desestabilizador. Trump no tiene autoridad para sacar a EE UU de la OTAN. Esa decisión depende del Congreso. Pero la ocurrencia revela que existe una conversación seria dentro de la Casa Blanca que pone en duda la lealtad de los aliados de EE UU solo porque se niegan a sumarse a una acción bélica caprichosa, sin objetivos y sin cobertura legal, ordenada y dirigida a golpe de tuit. Los rivales geoestratégicos de las democracias liberales que sostienen la Alianza Atlántica disfrutan del espectáculo.







