La amenaza de destruir el país queda en suspenso, como otros avisos anteriores, en medio de frecuentes contradicciones sobre la marcha del conflicto
La guerra de Donald Trump contra Irán se ha visto jalonada por una sucesión de contradicciones sin freno. El republicano ha refutado en numerosas ocasiones sus propios anuncios y promesas, a menudo en un plazo de días e incluso horas: sobre su objetivo real en la guerra (¿cambio de régimen o impedir que Irán tenga armas nucleares?) y sobre la duración de esa ofensiva (de cuatro o cinco semanas, luego a tres, posteriormente a dos y hoy sine die) que ha lanzado a instancias de Israel y con operativos que lejos de ser conjuntos, a veces han discurrido al albur, sin que el otro socio bélico hubiese sido informado.
Lo único cierto es que transcurrido un mes de guerra, esos objetivos se han multiplicado y con frecuencia contradicho entre sí. Hace una semana, Trump afirmó que el conflicto no tenía nada que ver con el petróleo; acto seguido, publicó que EE UU debería “apoderarse del petróleo y hacer una fortuna”, poniendo como ejemplo a Venezuela. También dijo que la guerra estaba prácticamente terminada, pero, simultáneamente, amenazó —en un discurso a la nación el pasado 1 de abril— con semanas de ataques intensificados contra las infraestructuras iraníes.






