Donald Trump busca configurar un mundo unipolar de aroma imperial, carente de normas, procedimientos y organismos que resuelvan en concordia los diferendos

Todo es malo. Y ocurre simultáneamente. El unilateralismo radical de Estados Unidos desafía a Europa y al mundo. Grandes sucesos se aglomeran en pocas horas.

Y en todos ellos el Gobierno de Donald Trump ignora o maltrata a sus aliados (su proyecto de paz para Ucrania) con iniciativas que les perjudican; boicotea foros multilaterales (el G-20); o los erosiona participando solo residualmente (la conferencia climática de Belém).

Ausencias, boicoteos y propuestas que son diktats ―al ir acompañadas de ultimátums―, configuran una caja de herramientas variada. Pero en todas ellas palpita la confrontación. Y en todas late un propósito único: configurar un mundo unipolar de aroma imperial, carente de normas, procedimientos y organismos que resuelvan en concordia los diferendos.

Un mundo en el que las demás potencias son buenas o malas a su capricho y humor: complicidad profunda con la Rusia de Putin; enfrentamiento sincopado para la China de Xi; tentativa de sometimiento contra Europa. Y en el que todas las naciones quedan huérfanas de instancias y pactos duraderos que las aseguren y protejan.