Superado el orden liberal internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, la regresión trumpista se remonta siglos más atrás

La cosa ya tiene nombre. O mejor, tratándose de un ente tentacular, varios nombres distintos para un mismo peligro, cierto y creciente. Tres al menos: hegemonismo depredador, monarquismo absoluto e ilustración oscura. Todos inquietantes, como Trump y el trumpismo, el caudillo y su movimiento. Son libres y probablemente imprecisas las asociaciones con otros fenómenos surgidos en otras circunstancias históricas aunque de características similares, como el fascismo, el hitlerismo y los totalitarismos en general. De ahí que importen las definiciones ajustadas a nuestra época para entender su carácter y estimular la imaginación cívica y política de quienes quieran enfrentarse con ella....

Un año ha bastado para caracterizarlo como un hegemonismo depredador, es decir, un imperialismo sin más límites para controlar territorios u obtener rentas neocoloniales que los que encuentre su inmenso poder coercitivo, ya sea por las armas o los aranceles. Es relevante la opinión de Stephen Walt, catedrático de Harvard y uno de los más influyentes especialistas en relaciones internacionales, representante de la corriente realista, que es quien ha descrito el trumpismo como tal tipo de imperialismo, sin lealtad ni deferencia alguna hacia sus aliados, a los que exige concesiones y beneficios asimétricos, en una relación de vasallaje que no se permite con sus adversarios.