El cargo de presidente de Estados Unidos conlleva ser el comandante en jefe (Commander-in-Chief) de las fuerzas militares, entre otras muchas atribuciones. Para Donald Trump, toda su vida un empresario agresivo y ambicioso antes que político, no es suficiente y empieza a adoptar las maneras y responsabilidades que en el mundo corporativo se asigna a los CEO (Chief Executive Officer), una figura que en España suele traducirse como consejero delegado de una manera no del todo correcta. Porque la clave del poder está en la palabra ejecutivo; hay presidentes ejecutivos, como Ana Botín (Santander) o Ignacio Sánchez Galán (Iberdrola) y hay consejeros delegados de pleno dominio como Óscar García Maceiras (Inditex) o Gonzalo Gortázar (Caixabank).
Lo importante es quién toma las decisiones, se llame como se llame. Donald Trump, sin haber concluido todavía la guerra comercial con los países y bloques geográficos, lleva semanas abriendo un nuevo flanco con las grandes corporaciones. Ha intervenido en decisiones históricas como que Coca-Cola cambie su receta secreta para que se elabore con azúcar de caña y ha amagado con crear un fondo soberano y, entonces sí, decidir en qué invierte Estados Unidos a lo largo de todo el mundo de manera directa. Este mismo jueves se rumoreó sobre la entrada del Estado en Intel.






