Los gravámenes comerciales, la inteligencia artificial y la asequibilidad son las tres fuerzas que condicionan la actividad del país en el primer año de Trump
Donald Trump viajó esta semana a Detroit, el corazón industrial de Estados Unidos, para presumir de la marcha de la economía. Allí, rodeado de empresarios afines, alardeó de su política: “Mi palabra favorita de todas las del diccionario es ‘arancel’. Me ha encantado durante 40 años. No existe ninguna palabra igual. Pero recibí muchas críticas. Me dijeron: ¿Qué pasa con tu esposa, tus hijos? ¿Qué pasa con la religión y Dios? ¿Qué pasa con Jesús? Así que dije, está bien, es mi quinta palabra favorita”, dijo medio en broma, medio en serio.
Los aranceles han marcado el primer año del segundo mandato de Trump en la Casa Blanca. Desde que volvió a sentarse en el escritorio Resolute, que preside el Despacho Oval, amenazó con aranceles indiscriminados para reducir el enorme déficit comercial de Estados Unidos, pero también para obtener ingresos con los que financiar el pertinaz déficit público del país y las rebajas fiscales que aprobó en su “ley grande y hermosa” ―sí, así la denominó―.
El pasado 2 de abril, una jornada que bautizó como el Día de la Liberación, aprobó aranceles recíprocos, aunque no lo son, a todos los países del mundo. Los mercados, el único resorte que aún es capaz de frenarlo, dictaron sentencia. Durante una semana registraron fuertes pérdidas y el bono estadounidense se disparó. Trump no tardó en suavizar la andanada comercial y abrir una ronda de negociaciones con sus socios.







