El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, asegura que no es un dictador, solo “una persona con mucho sentido común”. Pero esa declaración, realizada este lunes ante la prensa en el Despacho Oval, refuerza mensajes anteriores que coqueteaban con la figura del gobernante autoritario: durante la campaña electoral había afirmado que, de regresar a la Casa Blanca, sería un autócrata el primer día. Su nuevo comentario de este lunes venía inmediatamente después de otra frase inquietante: “Mucha gente dice que quizá queremos tener un dictador”.

El conjunto de medidas adoptadas por el mandatario en los siete meses que lleva en la Casa Blanca —y particularmente las de las últimas semanas, con el caso más reciente del intento de destituir a una gobernadora del banco central estadounidense nombrada por su antecesor, Joe Biden— acentúan el corte autoritario y populista que impone de manera creciente Trump a su gestión al frente de la primera economía mundial.

Desde aquella primera alusión a la idea de convertirse en un dictador en su primer día de mandato, el presidente, a golpe de orden ejecutiva o de mero tuit en redes sociales, ha sometido a la venerable arquitectura del sistema político estadounidense —sus principios de separación de poderes, su Estado de derecho, su democracia— a una ininterrumpida prueba de esfuerzo, cada vez más intensa, en la que los límites a su poder se muestran cada vez más difusos y su control, cada vez más amplio. Ahora eleva aún más esa presión, con una avalancha de medidas que abarcan desde su intento sin precedentes de cesar a una gobernadora de la Reserva Federal a su amenaza de extender a otras ciudades demócratas el despliegue de la Guardia Nacional que ya ha decretado en Washington.