La arquitectura institucional de Estados Unidos está dando inquietantes signos de fragilidad ante la deriva autoritaria del presidente Donald Trump, quien parece tener las manos libres para reconfigurar el equilibrio de poderes en su beneficio, político y personal, como ningún otro presidente en la historia. Las instituciones no estaban preparadas para enfrentar un abuso sin complejos del poder de la Casa Blanca que pone todos los mecanismos del Estado, desde la política monetaria hasta el mecenazgo cultural, al servicio de los caprichos de un empresario corrupto y sin código moral alguno. Si EE UU estaba preparado para el caos, no lo estaba para el miedo.

El matonismo de Trump no solo ha arrasado las tradiciones laicas que revestían de envidiable solemnidad las instituciones norteamericanas. Son las propias leyes e instituciones las que están siendo pervertidas en un país que presumía de un sofisticado entramado de contrapesos que garantizaban la contención del Ejecutivo. Es momento de preguntarse dónde están esos contrapesos.

La suspensión del decreto de aranceles dictada este viernes de manera cautelar por un tribunal federal de Apelaciones supone un importante revés para el presidente, y, sin embargo, es inevitable verlo como un mero contratiempo en un camino que siempre lleva al Tribunal Supremo. Esa es la táctica que subyace detrás de todos los abusos de Trump. La repite desde que era empresario: forzar la ley conscientemente y, cuando recibe una denuncia, poner un ejército de abogados y recursos ilimitados para hacer desistir a la otra parte por miedo a la ruina. El matonismo del constructor de Nueva York es hoy política oficial de la Casa Blanca, con todos los recursos del Ejecutivo a su disposición. El adversario es la democracia.