El presidente de Estados Unidos ha arruinado la credibilidad internacional de su país con una verborrea constante y sin sentido
Donald Trump siempre ha dicho muchas cosas. Su verborrea le hizo pasar de empresario a estrella de la telerrealidad, y de ahí a la Casa Blanca en dos ocasiones. En las últimas cuatro décadas, al mundo nunca le ha faltado la oportunidad de saber la opinión de Donald Trump acerca de absolutamente todo. El problema es que de la palabra del presidente de Estados Unidos se espera una prudencia y una precisión acordes con el inmenso poder que conlleva lo que dice. Todos los jefes de Estado comprenden esta responsabilidad. Trump nunca se ha preocupado por darle ese peso a sus afirmaciones, y nunca en sus años en el poder eso ha quedado tan en evidencia como con sus declaraciones sobre la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán.
Si uno ha de creer al presidente, la guerra está “casi terminada” desde el 9 de marzo, aunque 19 días más tarde dijo suponer que los planes llevan “dos semanas de adelanto respecto al cronograma inicial”. Ha asegurado que está en “negociaciones serias” con el “nuevo” régimen iraní, que está “suplicando llegar a un acuerdo”. A la vez que dice estar negociando (ya estaba negociando con Irán antes de atacarlo) Trump ha amenazado con bombardear e invadir instalaciones petroleras y de energía, algo que dijo el 15 de marzo que podía hacer “por diversión”. Ayer, el presidente se atribuyó un acuerdo firmado entre Irán y Pakistán para el paso de 20 buques petroleros por el estrecho de Ormuz, solo un par de horas después de afirmar que su opción preferente sería “coger el petróleo de Irán”, sin explicar cómo se hace eso y su potencial coste, económico y en vidas humanas. Se ha llegado a tal punto de desatino que la dictadura iraní no se toma en serio las amenazas de Estados Unidos. Nadie, en realidad.








