Hay una idea recurrente a propósito de la manera en que se comporta el presidente de Estados Unidos. A Donald Trump se lo pinta como un tipo caprichoso, que toma sus decisiones según el pálpito que le producen las conversaciones que ha tenido en los últimos cinco minutos —con sus asesores, con sus aliados, con sus rivales—, que actúa por ocurrencias. Es voluble, arbitrario, le gusta epatar, tiene sentido del espectáculo. Cambia de opinión cada dos por tres, da volantazos, recula, zascandilea. Ya nadie sabe a qué atenerse, no hay manera de imaginar su siguiente movimiento. El otro día, la Casa Blanca informó de que estaba considerando si iba o no a bombardear Irán, y que lo decidiría en un par de semanas. Como quien se pone a deshojar una margarita: me quiere, no me quiere.
El sábado 21, por la tarde en Washington y de madrugada en Teherán, siete bombarderos B-2 de Estados Unidos, escoltados por sofisticados cazas de combate, cruzaron el espacio aéreo de Irán y lanzaron hasta 75 bombas perforadoras, algunas de casi 14.000 kilogramos, sobre las plantas de enriquecimiento de uranio que el régimen de los ayatolás tiene instaladas en Fordow, Natanz e Isfahan con el (presunto) propósito de construir la bomba atómica. El despliegue de fuerzas que pusieron en marcha los mandos del Pentágono para garantizar el éxito del ataque incluyó la movilización complementaria de 125 aviones y un submarino. La magnitud de la maniobra sirve, acaso, para poner entre paréntesis que se tratara de la ocurrencia de un mandatario frívolo y veleidoso. Fue una operación extremadamente compleja que que llevó meses de planificación.






