El ego de Trump y su obsesión por mostrarse poderoso y “poseer” territorios están llevando a la OTAN al límite

El mundo lleva tiempo envuelto en crisis múltiples, lleno de turbulencias, guerras y cambios tectónicos de poder que se superponen y entrecruzan. Cuando quedan 10 meses para las elecciones de mitad de mandato en EE UU, su presidente parece empeñado en agravar una situación ya tensa. Donald Trump presume de ser un negociador. Sueña con premios internacionales de paz. En 2024, se presentó como candidato con un programa de política nacional que prometía “devolver a Estados Unidos la grandeza y la gloria”. Cuando cumple un año de su segundo mandato, se ha convertido en el gran disruptor.

La avasalladora demostración de fuerza militar en Venezuela no pretendía dar paso a una democracia. Lo único que le importaba eran los beneficios económicos y el deseo de parecer todopoderoso. Pocos días después, escribió en la red Truth Social que era “el presidente interino de Venezuela”. No fue más que el comienzo de su desenfreno imperialista. De la noche a la mañana, trasladó su atención del Caribe al Ártico. “Por supuesto que necesitamos Groenlandia”, proclamó sobre un territorio que forma parte de Dinamarca desde 1721.