El continente americano se ha convertido en el gran laboratorio de la transformación del orden mundial que busca el presidente estadounidense
Los ministros de Exteriores de Dinamarca y Groenlandia, Lars Lokke Rasmussen y Vivian Motzfeldt, sabían que no habían conseguido mover un ápice la determinación de Donald Trump a anexionarse la isla ártica tras su reunión del pasado miércoles en la Casa Blanca. Pero las conversaciones habían sido, decían, constructivas. Copenhague y el territorio semiautónomo se comprometían a trabajar junto ...
al resto de países aliados para reforzar la seguridad groenlandesa. Apenas tres días más tarde, el sábado, Trump lanzó una bomba de acción retardada, su anuncio de aranceles hasta del 25% para las ocho naciones de la OTAN que participan en maniobras militares de la isla. Una carga de dinamita que hace temblar los cimientos de la alianza. Una nueva puñalada a ese orden internacional que detesta y al que a lo largo de su año de mandato tanto ha hecho por derribar.
Han bastado 12 meses para que un Trump desencadenado, blandiendo el estandarte del “Estados Unidos primero” o “la doctrina Donroe” (variación lingüística con el nombre del líder republicano a partir de la doctrina apadrinada por el expresidente James Monroe en el siglo XIX), haya puesto patas arriba el orden internacional que Estados Unidos forjó tras el fin de la II Guerra Mundial y que tanto ha beneficiado a la potencia durante 80 años.







