Las nuevas amenazas de Donald Trump contra España y, por ende, contra la Unión Europea (la política comercial es común para todo el territorio) pueden parecer una estrategia ofensiva, pero, en realidad, es defensiva. Entre otras razones, porque la política comercial que inauguró Trump al comienzo de su segundo mandato, transcurrido casi año y medio, comienza a hacer aguas. El presidente de EEUU ni ha obtenido los ingresos previstos vía aranceles —una sentencia del Tribunal Supremo supuso un duro revés y obligó a revisar a la baja los ingresos— ni la balanza comercial se ha equilibrado de forma relevante. Por el contrario, el déficit comercial de bienes y servicios aumentó 42,2% en mayo, lo que representa el nivel más alto desde marzo de 2025. Fundamentalmente, por el incremento de las importaciones y la caída de las exportaciones. Tampoco se ha producido una repatriación de las empresas estadounidenses que fabrican en el extranjero, que era uno de los objetivos de la Casa Blanca endureciendo la política arancelaria. Producir en EEUU, pese a los aranceles, sigue siendo mucho más caro que en Filipinas, México o Vietnam. Trump ha logrado, por el contrario, algo muy distinto a lo que pretendía. La Reserva Federal no ha recortado los tipos de interés ante el temor de un repunte de la inflación derivado de la guerra de Irán y de la imposición de impuestos al comercio con el exterior. Lo que también ha conseguido, según el Instituto Peterson de Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés), es que los consumidores estadounidenses paguen ahora unos 1.230 euros al año de media más por la compra de los mismos productos. Ante estas evidencias, y dado que el superávit comercial de China no cede (1,2 billones de dólares en 2025), la Casa Blanca ha puesto en marcha una nueva estrategia que pasa por firmar acuerdos bilaterales con otros países en el marco de lo que la Administración de EEUU denomina Acuerdos de Comercio Recíproco (ART, por sus siglas en inglés). Por el momento, ha suscrito nueve acuerdos y algunos más están en marcha. ‘Nación protegida’ Hay, sin embargo, una diferencia cualitativa muy relevante respecto de otros acuerdos comerciales similares. Lo que busca ahora la Casa Blanca, sostiene el Instituto Peterson, es alejar a los socios comerciales de EEUU de China en aras de limitar su poder económico. Los acuerdos, por el momento, no nombran explícitamente a China como objetivo de estos esfuerzos, sino que se refieren a un “tercer país", una "nación protegida" o un "país de interés", pero es evidente que se trata de Pekín. Y Europa, en este sentido, está en la ecuación. Antes de que se iniciara la guerra comercial entre EEUU y China, durante el primer mandato de Trump —aunque Biden no hizo cambios significativos—, el 22% de las importaciones estadounidenses procedía de China. A finales de 2025, este porcentaje se ha reducido hasta el 9%. Ahora bien, y aquí está la paradoja, las importaciones estadounidenses procedentes de Asia apenas han disminuido, ya que los proveedores chinos se han ido a otros países de Asia (Vietnam) y América (México) para exportar a EEUU y pagar menos aranceles. Lo demuestra que estas otras economías han intensificado sus flujos comerciales y de inversión con China, algo que sugiere que los esfuerzos de EEUU por desvincularse de Pekín se centran ahora en terceros países que venden productos a Washington Los firmantes de esos acuerdos están obligados a seguir abasteciendo el mercado estadounidense, pero en condiciones que reducen el espacio para operar comercialmente con otros países, ya sea a través de empresas, inversores o tecnología china. Es decir, la Casa Blanca está buscando establecer un marco para moldear las cadenas de valor globales en torno a sus preferencias estratégicas. Y aquí Europa, con enormes intereses comerciales con China, tiene un papel que jugar. Expresado de una forma más directa, Washington quiere que Europa deje de financiar el imponente superávit comercial de China, alrededor de 1.000 millones de euros al día sólo con la UE. Se puede decir, de hecho, que la estrategia de EEUU pasa por meter presión a sus socios comerciales para que elijan entre Washington y Pekín, algo que puede explicar la ofensiva de Trump. No parece que sea casualidad, precisamente, que haya reabierto la guerra comercial, en este caso utilizando a España como chivo expiatorio, en Ankara, la capital turca, durante la cumbre de la OTAN, donde están presentes casi todos los líderes europeos. Trump, como es muy conocido, suele entender el gasto militar como un instrumento de coerción comercial. Es decir, presiona pidiendo más inversiones en defensa para la OTAN, aunque su objetivo final sea lograr una mejor posición comercial, incluso entre los socios históricos. Es en esta clave en la que hay que interpretar las palabras del presidente de EEUU, que habla sin tapujos, aunque su margen de maniobra es limitado, de cortar las relaciones comerciales con España, pese a que EEUU mantiene un importante superávit comercial equivalente a 13.458 millones de dólares el año pasado. Comercio y gasto militar Ese superávit creció un 34% en sólo un año, precisamente porque, en el marco del pacto firmado el pasado verano en Escocia entre Bruselas y Washington, los países europeos se comprometieron a comprar 1,35 billones de dólares a EEUU en armas y energía, lo que demuestra claramente la estrategia de la Casa Blanca de vincular el comercio con el gasto en defensa. Y ocurre que, como la balanza comercial de EEUU no mejora, vuelve a utilizar las transacciones como arma arrojadiza. Entre otros motivos, porque tras las sentencias del Tribunal Supremo el margen de maniobra de la Casa Blanca desde el punto de vista legal es muy estrecho. De ahí que busque la firma de acuerdos que denomina recíprocos, aunque no lo son, porque tienen algo de coercitivos, para reducir su dependencia exterior. En palabras de un reciente análisis de Brookings, uno de los principales think tanks de EEUU, la Casa Blanca ha construido desde marzo del año pasado una arquitectura arancelaria más compleja administrativamente y menos predecible que el sistema anterior, que estaba basado en compromisos fijos. Es decir, el acceso al mercado está ahora más condicionado entre socios y es más sensible a las presiones políticas y económicas. Dicho en otros términos, este enfoque más flexible y proactivo ha proporcionado a la Administración Trump “una poderosa herramienta de diplomacia económica, transformando los aranceles, de instrumentos principalmente económicos, en herramientas para alcanzar un conjunto más amplio y discrecional de objetivos de política exterior y seguridad nacional”. Y España, en este contexto, es el mejor catalizador de su estrategia por su oposición a aumentar el gasto militar hasta el 5% del PIB. Las nuevas amenazas de Donald Trump contra España y, por ende, contra la Unión Europea (la política comercial es común para todo el territorio) pueden parecer una estrategia ofensiva, pero, en realidad, es defensiva. Entre otras razones, porque la política comercial que inauguró Trump al comienzo de su segundo mandato, transcurrido casi año y medio, comienza a hacer aguas.