Donald Trump todo lo contamina, y era cuestión de tiempo para que acabara manchando la Copa del Mundo de fútbol de México, Estados Unidos y Canadá. En esta ocasión ha encontrado a un cómplice en uno de sus aduladores más desacomplejados, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Trump ha revelado que había pedido a Infantino explicaciones por la sanción al jugador estrella de la selección estadounidense, Florin Balogun, expulsado con una tarjeta roja del partido de dieciseisavos de final contra Bosnia-Herzegovina. Infantino accedió a retirar el castigo y así ignoró el sagrado reglamento futbolístico y permitió que anoche Balogun pudiese jugar en octavos contra Bélgica. Tal vez no sorprenda, viniendo de Trump, la práctica sin disimulo del fraude y la coacción, ni que en este caso enmiende la plana a los árbitros con el argumento de que él tiene “buen ojo para estas cosas”. Que sea el propio organizador del campeonato el que se preste a participar en esta cacicada no solo desacredita a Infantino como dirigente. También cuestiona su organización, ya golpeada en el pasado por escándalos y acusaciones de corrupción.Lo más desconcertante del caso es ver a la FIFA, responsable en teoría de mantener la integridad del torneo, prestarse a romper las reglas para agradar al presidente de uno de los tres países anfitriones. La claudicación ante las presiones de Trump ha soliviantado a Bélgica, primera damnificada por una decisión que beneficia a su rival, EE UU, pero las repercusiones del escándalo alcanzan al conjunto del fútbol que, como los otros deportes, es un espacio de normas, el escenario de un código de honor. Sabemos que las normas y las convenciones son algo que al presidente estadounidense poco le importan. Sí deberían tener algún significado para Infantino, más preocupado por complacer a Trump que por defender la limpieza de la competición. El jefe de la FIFA ya demostró la capacidad para adularlo al sacarse de la manga un Premio de la Paz pensado para que lo recibiese un Trump furioso por no haber recibido el Nobel. Al corregir una sanción que, según las leyes de la FIFA, debería ser inamovible, se supera. Y se desprestigia a sí mismo y a la institución que dirige.Porque Infantino debería saber que el Mundial no es uno de esos teatrales torneos de pressing catch a los que tan aficionado es Trump, ni el cortijo de la Casa Blanca en el que el presidente hace y deshace a su antojo, ni tampoco la geopolítica global en el que rompe y viola cualquier norma. Es mucho menos, y algo más: un campeonato que cada cuatro años cautiva al mundo con los mejores futbolistas y con partidos que emocionan y hacen soñar. Trump e Infantino: déjennos tener la fiesta en paz.
Cacicada de Infantino y Trump
La retirada de la sanción a un futbolista estadounidense tras las presiones de EE UU cuestionan la limpieza del Mundial













