El pueblo muestra calles desérticas y mucho silencio, aunque algunos residentes intentan volver a la normalidad en el bar y el supermercado
Cerca ya de la jubilación, Rodrigo camina con una bolsa llena de barras de pan. Va camino de su restaurante, El Paso, a la entrada de Bédar, pueblo que este sábado es todo silencio. Sus pasos son lentos, pausados por el calor y porque la mirada se le va hacia un helicóptero que va y viene en una loma cercana. La aeronave carga y descarga agua sobre el incendio que ha asolado los alrededores del municipio, en el que han fallecido 12 personas, todos habitantes de la localidad. “Esto va a ser una catástrofe para nosotros. ¿Quién va a querer vivir aquí?”, se preguntaba mientras un puñado de hombres le esperaba en el bar con un café. Lo hacían también callados, como en señal de duelo. “Quizá tengamos que ayudar en algo y aquí estamos por si hace falta”, decía uno de ellos, tímido, parte del medio centenar de residentes que ha decidido quedarse en el casco urbano del pueblo, que, al contrario que las pedanías de su alrededor, no ha sido evacuado.
Más allá del negocio de hostelería, Bédar es un pueblo fantasma. Las callejuelas que dirigen a la iglesia, cargadas de macetas de floreadas buganvillas, están en completa quietud. No hay nadie en el consultorio, nadie en la plaza, nadie junto al templo cuyas campanas repicaban en la tarde del jueves en señal de alerta. Una leve brisa recorre el coqueto casco urbano, levantando las pavesas que se cuelan entre los adoquines y se acumulan en las esquinas. Los habitantes parecen revivir el confinamiento durante la pandemia: solo se escucha algún murmullo tras las ventanas, una cafetera en ebullición. De puertas afuera, apenas suenan el trino de las golondrinas revoloteando alrededor de los tejados y, de fondo, las aeronaves que atacan el fuego. Ya no se ven las llamas desde la localidad. Pero junto al monumento a los mineros —“que dejaron su vida, o parte de ella, arrancando el minarla de las entrañas de la sierra”, según reza en la placa— la panorámica es desoladora. Está todo oscuro, negro, carbonizado. Solo algunas casas que, salpicadas aquí y allá, han sobrevivido. El resto fue pasto de un fuego que ha arrasado ya más de 6.000 hectáreas, según indicó a primera hora de la mañana el consejero de Presidencia de la Junta de Andalucía, Antonio Sanz.












