Stefan Broods abraza a su mujer Isabelle Wayn. La pareja de belgas tiene frente a ellos un monte tan negro que brilla con el sol. Esas son ahora las vistas de su hogar, a las afueras de Bédar (Almería), el pueblo más afectado por el incendio de Los Gallardos y al que no han podido regresar hasta este domingo. El paisaje del centro del pueblo no es mucho más esperanzador. Una mujer inglesa barre ceniza en el porche de su casa blanca y su nieta se queja de que “los políticos no entienden nada”. Entre los vecinos del pueblo se mezclan las emociones. El enfado, porque están hartos de las preguntas de la prensa y, como ocurre con estas dos mujeres, ya no dan su nombre ni se prestan a fotos. La tristeza por la pérdida de las 13 personas que ya no están (la última, confirmada este domingo, en el hospital) cuyos cuerpos han aparecido completamente calcinados. La impotencia de sentir que nadie hizo nada para salvarles.Volver a casa ha sido un rompecabezas para los habitantes de Bédar. Es sábado, doce de la mañana. La rotonda que da acceso a la carretera del pueblo es un ir y venir de coches, la mayoría de ingleses. Allí es donde se sitúa el control de la Guardia Civil que corta el acceso al pueblo. Todos dan con la misma respuesta por parte de los agentes, en español porque los extranjeros lo entienden perfectamente después de varios años viviendo allí: “Está cortado. Ya lo siento. Si tiene que subir por una emergencia, llame al 112″.Allí se ha bajado del coche Liz Lepere, la mujer inglesa que gestiona el grupo de Facebook por el que los extranjeros que viven en Bédar se han coordinado estos días para dar señales de vida y determinar a quién se echa en falta. Diego Rubio, otro vecino del pueblo que ha ido a la rotonda para preguntar a todo paisano que aparece cómo está, dirige esa misma pregunta a Liz. Era amiga de la pareja británica que ha desaparecido. “Esto está siendo muy duro”, dice la mujer. Ambos se abrazan.A lo largo de la mañana, las autoridades que gestionan la emergencia comunicaron que a partir de las 16.00 quedaba abierto el acceso a Bédar solo para residentes. En esa rotonda, los agentes de la Guardia Civil pedían el carnet de identidad a los pasajeros de cada uno de los coches que se dirigían hasta allí antes de indicarles que podían subir.Ya en el pueblo, María Campoy y José Haro, ambos de 77 años, pisan su casa por primera vez en tres días. Tras ver el humo desde su terraza y olerlo, decidieron coger algo de ropa y marcharse. Han pasado las horas desde entonces, primero en un hotel de Lubrín, luego en uno de Mojácar, preguntándose qué iban a encontrar cuando volvieran. Si su casa estaría quemada, si su canario Chumi, que dejaron allí cuando tuvieron que salir corriendo, seguiría vivo. “Ha sido uno de los momentos más duros de mi vida”, dice Campoy. Por suerte, su casa estaba intacta y el canario les recibió cantando.Broods y Wayn, los dos belgas que viven a las afueras de Bédar, tuvieron menos suerte. Su casa es también su negocio, una suerte de hotel pequeño al que se accede por un camino de tierra, decorado con bustos de cabeza de toro en las paredes y una mesa de billar en una terraza con vistas al valle. Allí ha quedado calcinada la caseta donde estaban todos los cables y la maquinaria que servían para alimentar de luz y agua toda la vivienda. “Quisimos desbrozar la zona hace unos meses porque todo estaba lleno de arbustos, hace calor y podía arder con facilidad, pero no nos dejaron”, cuenta Isabelle Wayn en perfecto español. La vivienda está en el límite con una zona protegida que no se puede tocar. “Ya me dirás si ahora está mejor”, dicen.Para los vecinos, el regreso ha servido al menos para comprobar que muchas de sus casas siguen en pie. Ahora toca limpiar, reparar los daños y recuperar poco a poco los servicios. Pero en Bédar saben que volver a casa no significa volver a la normalidad, sobre todo cuando han perdido a 13 de sus vecinos, y más de 20 siguen sin aparecer.
Un pueblo que barre ceniza no vuelve a la normalidad en cuatro días
Los habitantes de Bédar, el municipio más afectado por el incendio, regresan a casa impactados por el paisaje arrasado y la pérdida de 13 vecinos










