Cuando pensamos en cocinar con alcohol, el vino blanco y el tinto suelen adueñarse de nuestras ollas por pura inercia. Sin embargo, hay un tesoro líquido en nuestra despensa que a menudo pasamos por alto y que es capaz de transformar por completo cualquier plato: la sidra. Esta joya frutal no solo sirve para brindar; gracias a su equilibrio perfecto entre acidez y dulzor natural, es un ingrediente mágico para aligerar grasas, ablandar carnes y aportar una profundidad de sabor única. Ya sea para desglasar los jugos tostados de una sartén, dar alegría a un frito o enriquecer un guiso lento, la sidra es el secreto mejor guardado de los amantes del buen comer.
Según los criterios del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, la sidra se define oficialmente como una bebida de baja graduación alcohólica que se obtiene mediante la fermentación, total o parcial, del zumo o mosto de manzana fresca. Esta normativa distingue claramente entre la sidra natural, aquella tradicional que se elabora sin adición de azúcares ni gases, y que requiere el tradicional escanciado, y otras variedades reguladas como la sidra espumosa, la sidra dulce, la de nueva expresión y la sidra de hielo, obtenida esta última a partir de la fermentación del zumo de manzanas congeladas.








