El plato se cocina en infinidad de casas, y cada una tiene su truquillo, como poner ajo en el sofrito, usar vino dulce o espesar la salsa con un poco de harina
Cuando vas a una casa de comidas, siempre tienes la esperanza de que en la lista de platos que canta el camarero a toda velocidad, aparezca uno de tus favoritos. Carrilleras al vino, pollo asado, menestra de verduras o macarrones con tomate y chorizo. Cada una tiene sus preferencias: la mía son, sin duda, las salchichas al vino y cebolla. Me encantan.
Este plato se cocina en infinidad de casas, y cada una tiene su truquillo. Se le puede añadir ajo o pimiento al sofrito. Usar vino seco o vino dulce. Añadir pimentón o pimienta. Espesar la salsa con un poco de harina o dejarla más líquida. Comerse con unas patatas fritas o dentro de una buena barra de pan. Lo único que tiene que cumplir para ser un plato de categoría es que uses buenas salchichas de carnicería y haya tanta salsa en la sartén que quieras sacar la cuchara para comértelas.
La clave de está en una cebolla muy caramelizada, bañada con vino blanco y un poco de Pedro Ximénez, mucha pimienta y un poco de paciencia. Se cocinan las salchichas en el líquido para que aporten sabor al caldo, hasta que la salsa espese. Es una elaboración que aguanta muy bien la refrigeración, así que puedes prepararlas con antelación y comerlas en un periodo de dos o tres días como máximo. Para regenerarlas y que estén como recién hechas, caliéntalas en una sartén con un par de cucharadas de agua hasta que la salsa vuelva a tener la consistencia perfecta.






