Donald Trump le ha hecho un gran favor al fútbol.

¿No me creen? Voy a intentar convencerles.

El fútbol es un juego hermosísimo. Dentro de un espacio grande, algo más de 7.000 metros cuadrados, pululan 22 personas que se disputan un balón. Las posibilidades son casi infinitas. En algún momento ocurrirá algo impensable, mágico, milagroso. Es un juego hipnótico jalonado de emociones.

Pero el juego, con toda su gracia, necesita algo más. Necesita realidad. Necesita que el mundo exterior interfiera y recuerde a los futbolistas, los héroes de esta historia inacabable, que existen fuerzas poderosas y malignas más allá del césped. Joseph Blatter, aquel corruptísimo expresidente de la FIFA (disculpen el oxímoron), lo explicó una vez: “La sociedad está llena de demonios, y esos demonios los encontramos también en el fútbol”.

Como en las tragedias griegas, los dioses deben dificultar la misión de los héroes. Aquí los dioses no son seres tronantes e inmortales, sino burócratas viscosos de una inverosímil ONG sin ánimo de lucro ni propietarios. Burócratas, decía, formados en la más estricta disciplina del peloteo a quienes les permiten vivir rodeados de lujos y de honores: gobiernos y empresas multinacionales.