Ciertamente todavía es prematuro para una evaluación del Mundial FIFA 2026, cuando todavía está por celebrarse la final el próximo domingo. Pero las variadas manifestaciones tanto en la cancha como fuera de ella, que este deporte ha generado en tan corto tiempo, han sido tan intensas e inéditas, que es inevitable preguntarnos sobre lo que estamos experimentando. La primera y más fuerte impresión es esa eclosión social sin límites que causa este deporte en los países contendientes. Una multitud produce emociones que un individuo aislado jamás experimentaría. El sociólogo Durkheim le llamó "efervescencia colectiva". La más llamativa fue la de México, en el estadio Azteca y fuera de él en casi toda la avenida Reforma, Zócalo y monumento a la Revolución; fuente Minerva en Guadalajara; Parque La Fundidora y la macroplaza en Monterrey, así como en otras ciudades no sede. De noche parecía una incontenible lava de una erupción volcánica que se extendía como un río incontenible invadiendo a la arteria principal de Reforma y sus afluentes. Cifras oficiales el día de la victoria de la Selección Nacional sobre Ecuador, reportaron un millón y medio de personas. Esto sin contar la audiencia frente a las pantallas, que a decir de Javier Tejado Dondé, alcanzó ese día a 60 millones de televidentes, casi el 50% de la población nacional. En otros países impresionaron las imágenes de las multitudes recibiendo a su Selección a pesar de la eliminación de la copa: Irán, el Cairo a la selección de Egipto que durante un buen tiempo mantuvieron al campeón Argentina abajo con 2-0; el pequeño Cabo Verde y Marruecos. Insigne recibimiento a la Selección de Noruega y a su goleador Erling Haaland convertido en héroe planetario. En Oslo más de 100 mil personas esperaron su salida del palacio real para sentarse y realizar el remo vikingo como una de las grandes expresiones culturales que Noruega legó al mundo, un país 30 años ausente de este certamen. ¿Qué tiene el futbol que como ninguna otra expresión humana genera esas manifestaciones colectivas? ¿Acaso estimula el ADN bélico de una guerra por otros medios, en la que está de por medio el orgullo nacional y todos los símbolos que lo rodean (bandera, himno, colores en los uniformes)? La historia de la literatura occidental inicia con la narrativa de una guerra entre aqueos y troyanos, La Ilíada de Homero, poema épico en el que también como en el futbol (Messi, Ronaldo, Haaland y Mbappé) destacaron figuras icónicas como Aquiles, Agamenón y Odiseo de un lado y Héctor, Príamo y Eneas del otro, que guiaron a sus ejércitos en la batalla. Cada Mundial construye no sólo partidos, sino toda una mitología, con héroes, niños prodigio, un capitán lesionado, la injusticia arbitral y la tragedia de la derrota. Una suerte de liturgia laica profundamente dramática donde durante 90 minutos está en juego la representación nacional. La nación simbólicamente representada en la Selección Nacional. El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer afirmó que el juego no pertenece a los jugadores sino al revés, los jugadores son "jugados" por el juego. Cuando éste llega a su máxima intensidad absorbe por completo la atención y suspende momentáneamente la vida cotidiana. Durante un mes, cientos de millones de personas dejan en un segundo plano sus preocupaciones económicas, conflictos políticos o problemas personales para entrar en un mismo universo simbólico. Y en ese mundo mágico que sólo el futbol puede engendrar, al lado del ¿Y sí, si?, el Cielito Lindo, el "quiere volar", los remeros noruegos, los japoneses recogiendo basura en bolsas de plástico y un pato (Merlín) vestido con la camiseta de la selección siguiendo a un niño y su mamá vendedora de aguas en la calle que acaparó la atención mundial, emerge el villano. Con la intención de violentar las reglas a favor del equipo de su país, como trató de hacerlo en la elección que perdió ante Biden en 2021, Trump dobla al obsecuente Infantino para permitir que un jugador estadounidense con tarjeta roja expulsado pudiera jugar el siguiente partido. Bélgica se encargó de hacer justicia con una paliza de 4-1. Para el Vasco Aguirre, sólo gratitud. De las cenizas que le dejó Martino, cinceló un equipo en tiempo récord, que sin un gol en contra, ganó sus tres partidos en fase de grupos y derrotó a Ecuador en octavos de final. A Rafa Márquez le deja un sedimento que él no tuvo, y a toda la estructura de la Fed Mexicana de Futbol y la Liga MX con Mikel Arriola a la cabeza, la interrogante de si quieren realmente hacer el esfuerzo de construir una Selección mundialmente competitiva, o mejor ser honestos, y desde ya decirles sobre todo a los miles de jóvenes, que nunca sueñen con llegar y ganar el quinto partido porque nuestro techo es el cuarto. Tan sólo al día siguiente de la derrota contra Inglaterra, y sin que siquiera se hubiera recibido en Palacio a la Selección Nacional, sí, esa que durante 24 días proporcionó una infinita alegría sobre todo a millones de jóvenes, de nuevo el regreso a la deprimente realidad de la nota del Mayo y si el embajador Ken Salazar mintió o no al gobierno mexicano, tema en que seguimos inmersos en lo que resta del Mundial. Ese repentino, brutal y abrupto cambio del "chip", sin duelo de por medio por la pérdida frente a Inglaterra, es precisamente lo que explica en forma contundente porque los 4 goles de Quiñones , el cabezazo (con cirugía de cráneo) de Raúl Jiménez, el gol oportuno de Luis Romo, los de Mateo y Fidalgo, nos hicieron vibrar con una incontenible emoción colectivamente contagiosa. Fue la forma de generar, aunque fuera por breve tiempo, una realidad alternativa en la forma de un cielo compuesto de gozo y alegría, frente al ya insoportable y reiterado infierno de la polarización, corrupción y violencia en que seguimos hundid@s l@s mexican@s. Docente/investigador de la UNAM Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
Saldos mundialistas, escribe Emilio Rabasa Gamboa
Ciertamente todavía es prematuro para una evaluación del Mundial FIFA 2026, cuando todavía está por celebrarse la final el próximo domingo. Pero las variadas manifestaciones tanto en la cancha como fuera de ella, que este deporte ha generado en tan corto tiempo, han sido tan intensas e inéditas, que es inevitable preguntarnos sobre lo que estamos experimentando. La primera y más fuerte impresión es esa eclosión social sin límites que causa este deporte en los países contendientes. Una multitud produce emociones que un individuo aislado jamás experimentaría. El sociólogo Durkheim le llamó "efervescencia colectiva". La más llamativa fue la de México, en el estadio Azteca y fuera de él en casi toda la avenida Reforma, Zócalo y monumento a la Revolución; fuente Minerva en Guadalajara; Parque La Fundidora y la macroplaza en Monterrey, así como en otras ciudades no sede. De noche parecía una incontenible lava de una erupción volcánica que se extendía como un río incontenible invadiendo a la arteria principal de Reforma y sus afluentes. Cifras oficiales el día de la victoria de la Selección Nacional sobre Ecuador, reportaron un millón y medio de personas. Esto sin contar la audiencia frente a las pantallas, que a decir de Javier Tejado Dondé, alcanzó ese día a 60 millones de televidentes, casi el 50% de la población nacional. En otros países impresionaron las imágenes de las multitudes recibiendo a su Selección a pesar de la eliminación de la copa: Irán, el Cairo a la selección de Egipto que durante un buen tiempo mantuvieron al campeón Argentina abajo con 2-0; el pequeño Cabo Verde y Marruecos. Insigne recibimiento a la Selección de Noruega y a su goleador Erling Haaland convertido en héroe planetario. En Oslo más de 100 mil personas esperaron su salida del palacio real para sentarse y realizar el remo vikingo como una de las grandes expresiones culturales que Noruega legó al mundo, un país 30 años ausente de este certamen. ¿Qué tiene el futbol que como ninguna otra expresión humana genera esas manifestaciones colectivas? ¿Acaso estimula el ADN bélico de una guerra por otros medios, en la que está de por medio el orgullo nacional y todos los símbolos que lo rodean (bandera, himno, colores en los uniformes)? La historia de la literatura occidental inicia con la narrativa de una guerra entre aqueos y troyanos, La Ilíada de Homero, poema épico en el que también como en el futbol (Messi, Ronaldo, Haaland y Mbappé) destacaron figuras icónicas como Aquiles, Agamenón y Odiseo de un lado y Héctor, Príamo y Eneas del otro, que guiaron a sus ejércitos en la batalla. Cada Mundial construye no sólo partidos, sino toda una mitología, con héroes, niños prodigio, un capitán lesionado, la injusticia arbitral y la tragedia de la derrota. Una suerte de liturgia laica profundamente dramática donde durante 90 minutos está en juego la representación nacional. La nación simbólicamente representada en la Selección Nacional. El filósofo alemán Hans-Georg Gadamer afirmó que el juego no pertenece a los jugadores sino al revés, los jugadores son "jugados" por el juego. Cuando éste llega a su máxima intensidad absorbe por completo la atención y suspende momentáneamente la vida cotidiana. Durante un mes, cientos de millones de personas dejan en un segundo plano sus preocupaciones económicas, conflictos políticos o problemas personales para entrar en un mismo universo simbólico. Y en ese mundo mágico que sólo el futbol puede engendrar, al lado del ¿Y sí, si?, el Cielito Lindo, el "quiere volar", los remeros noruegos, los japoneses recogiendo basura en bolsas de plástico y un pato (Merlín) vestido con la camiseta de la selección siguiendo a un niño y su mamá vendedora de aguas en la calle que acaparó la atención mundial, emerge el villano. Con la intención de violentar las reglas a favor del equipo de su país, como trató de hacerlo en la elección que perdió ante Biden en 2021, Trump dobla al obsecuente Infantino para permitir que un jugador estadounidense con tarjeta roja expulsado pudiera jugar el siguiente partido. Bélgica se encargó de hacer justicia con una paliza de 4-1. Para el Vasco Aguirre, sólo gratitud. De las cenizas que le dejó Martino, cinceló un equipo en tiempo récord, que sin un gol en contra, ganó sus tres partidos en fase de grupos y derrotó a Ecuador en octavos de final. A Rafa Márquez le deja un sedimento que él no tuvo, y a toda la estructura de la Fed Mexicana de Futbol y la Liga MX con Mikel Arriola a la cabeza, la interrogante de si quieren realmente hacer el esfuerzo de construir una Selección mundialmente competitiva, o mejor ser honestos, y desde ya decirles sobre todo a los miles de jóvenes, que nunca sueñen con llegar y ganar el quinto partido porque nuestro techo es el cuarto. Tan sólo al día siguiente de la derrota contra Inglaterra, y sin que siquiera se hubiera recibido en Palacio a la Selección Nacional, sí, esa que durante 24 días proporcionó una infinita alegría sobre todo a millones de jóvenes, de nuevo el regreso a la deprimente realidad de la nota del Mayo y si el embajador Ken Salazar mintió o no al gobierno mexicano, tema en que seguimos inmersos en lo que resta del Mundial. Ese repentino, brutal y abrupto cambio del "chip", sin duelo de por medio por la pérdida frente a Inglaterra, es precisamente lo que explica en forma contundente porque los 4 goles de Quiñones , el cabezazo (con cirugía de cráneo) de Raúl Jiménez, el gol oportuno de Luis Romo, los de Mateo y Fidalgo, nos hicieron vibrar con una incontenible emoción colectivamente contagiosa. Fue la forma de generar, aunque fuera por breve tiempo, una realidad alternativa en la forma de un cielo compuesto de gozo y alegría, frente al ya insoportable y reiterado infierno de la polarización, corrupción y violencia en que seguimos hundid@s l@s mexican@s. Docente/investigador de la UNAM Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.






