Trump probablemente intentará apropiarse del Mundial. Pero el balón es ‘first’ y el fútbol tiene algo indomable: nunca pertenece del todo a quien organiza el espectáculo

Hay algo profundamente disonante en este Mundial. Nunca hubo tantos partidos, tantos equipos, tantos anfitriones, tanto dinero alrededor y a la vez nunca las entradas fueron tan inaccesibles para el común de los aficionados. Nunca hubo tanta saturación y, quizás, tanto hartazgo en torno al fútbol de masas. Cuanto más se multiplica, menos excepcional parece. Hay Mundial de Clubes, Nations League, torneos continentales ampliados, campeonatos locales jugados bajo la sombra de los petrodólares, amistosos de lujo, giras globales. Todo parece diseñado en pro de la megalomanía del negocio y no del aficionado. Y, sin embargo, bastará que el balón ruede el 11 de junio en el estadio Azteca, la sede de parte de la mitología moderna del fútbol, para que se vuelva a sentir, o al menos a fingir, una emoción común.

Las miradas se centrarán en un Mundial marcado como pocos por lo que ocurre fuera de los estadios, en medio de una época atravesada por las ansias imperialistas, las guerras culturales y el regreso de los nacionalismos más agresivos. Con el epicentro, la mayor parte de los partidos, disputándose en el Estados Unidos de Donald Trump, donde el deporte, también el deporte, se ha convertido en un escenario político e identitario. Durante décadas, el país construyó su propio ecosistema deportivo, impermeable al resto del mundo: fútbol americano, baloncesto, béisbol, hockey, espectáculos gigantescos hechos a la medida de una lógica imperial. El soccer quedaba relegado a las periferias culturales: inmigrantes latino­americanos y europeos de clase obrera. Este Mundial llega precisamente cuando Estados Unidos parece debatirse entre dos pulsiones opuestas: encerrarse sobre sí mismo o aceptar que el mundo ya vive dentro de sus fronteras.