Dejando a un lado que la FIFA es una organización siempre bajo sospecha, dirigida por un ser capaz de inventarse un galardón, una ridícula Medalla de la Paz, sólo para saciar el insaciable ego del demonio naranja a quien hace tiempo que vendió su alma, o que es capaz de llevar su mejor evento a casa del mayor postor, pasándose por el forro de sus balones si en esos lugares se respetan los derechos humanos, si hace un calor que derretirá a los jugadores o si los regímenes que gobiernan son crueles dictaduras... Dejando a un lado esas cosillas, un Mundial es un Mundial. Un Mundial de Fútbol es ese acontecimiento “deportivo” en el que, quitando a los imbéciles sectarios de siempre, quedan arrinconados, que no olvidados, los sesgos ideológicos de los ciudadanos, de los aficionados de un país que, durante noventa minutos, son sustituídos por una desenfrenada pasión común: su selección.

En el Mundial de este año, si dejamos a un lado que uno de los países anfitriones está liderado por un psicópata, que está sometiendo a las selecciones que le caen mal a un trato vejatorio, con la anuencia de la propia FIFA, por ejemplo obligando a los miembros del equipo de Irán a tener que hacer una barbaridad de kilómetros cada vez que tenían que jugar, porque no se les permitía pernoctar en Estados Unidos y tenían que marcharse a México y volver a pasar los controles de emigración cada vez que regresaban para disputar sus partidos, si dejamos a un lado esto, un Mundial es un mágico punto de encuentro en el que a David siempre le cabe una posibilidad de vengarse de Goliat sin derramar una gota de sangre y mandarlo a casa vencido y cabizbajo y eso para el público que no es partidario del gigante siempre es un aliciente añadido. Hay más emoción en apostar por lo improbable, porque si vence la recompensa es mucho mayor que si se toma partido por el favorito, por el grandullón, por el fuerte. Creer en el débil es una manera de intentar poner equilibrio en la balanza de la justicia universal.