Recordemos que es cada cuatro años. Disfrutemos y suframos el Mundial por razones deportivas, no políticas. Alguien decía con mucha razón que al asistir a la ópera había que dejar en el guardarropa dos cosas: el abrigo y el sentido común. Una vez adentro, había que entregarse a un mundo paralelo en el que reina una lógica ajena y no dejar que la incredulidad arruine la oportunidad de apasionarnos, sufrir raptos de alegría y exaltaciones que la vida cotidiana no suele deparar. Miles de millones de personas colgarán a sus selecciones sueños y esperanzas, aunque sean injustificadas y los antecedentes no ofrezcan alguna razón para sustentarlas. Qué más da. ¿Quiénes serán los héroes y villanos? El Iniesta del gol consagrado para la posteridad; el penalti fallado que hará irrelevante la vida anterior o posterior de un jugador; el zarpazo que pudo haber cambiado la historia y cuya reproducción hasta la náusea habitará para siempre en las noches insomnes de un delantero.Y luego está el carácter onomástico que posee algo que sucede cada cuatro años. Inevitable recordar la ciudad en la que estábamos aquella vez que Miguel Mejía Barón no quiso hacer los cambios, razón suficiente para que millones atribuyéramos la “inexplicable” razón de haber perdido ante Bulgaria. O cómo no recordar con quién compartimos la indignación por el clavado del holandés Arjen Robben para fingir un penalti que nos quitó la gloria. Hace cuatro años, el Mundial se celebró durante noviembre debido a la imposibilidad de jugarse en el verano de Qatar. Por vez primera nos tocó seguirlo en paralelo a la cita obligada a la FIL de Guadalajara de muchos de nosotros, periodistas o escritores. Las mesas del bar del hotel frente al Centro de Convenciones se convirtieron en graderías improvisadas de un público singular. Intelectuales, analistas y comentaristas políticos que suelen hacer de la ecuanimidad y la seguridad en sí mismos una vestimenta profesional, se transformaron en hooligans irracionales y nudo de angustias en los minutos finales del partido entre México y Arabia Saudita. El equipo tricolor debía vencer a los saudíes por dos goles de diferencia para pasar a la segunda ronda y durante algunos minutos acariciamos la posibilidad. Dos goles anulados que habrían sellado el triunfo y un gol de los árabes en el minuto 95 dejaron a los mexicanos tendidos en la cancha. También en el bar del hotel. Rostros desencajados, lágrimas en los ojos, botellas volcadas y una indignación arrebatada que nunca vi entre mis colegas en alguna mesa de debates en la televisión. Unos de izquierda, otros de derecha; con maestrías y doctorados en universidades de Boston o, por el contrario, egresados de la UAM y del Poli. Daba lo mismo, la frustración y la tristeza arrambló con todos por igual. La magia del fútbol. Me cuesta trabajo encontrar cualquier otro motivo que hubiera sido capaz de borrar los desencuentros que cuatro años de polarización dejaron entre nosotros y, por unos instantes, convertirnos en miembros incondicionales de la misma tribu, cómplices momentáneos de una querencia tan profunda como ilusoria.Resulta curioso que una competencia que por definición está hecha para perder despierte tantos anhelos. Solo uno de los 48 equipos que participan saldrá campeón. 46 serán eliminados antes de llegar a la final y el 47 será derrotado irremediablemente, aunque deje la piel para impedirlo. Se dirá que para muchos el simple hecho de llegar al torneo o pasar a su siguiente ronda es motivo de orgullo. Ese es un pobre y falso consuelo ex post. En el improbable caso de que México llegase a una final, un hecho que posteriormente sería convertido en una gesta glorificada de la historia nacional, nada impediría que durante los días previos al encuentro millones de mexicanos hubiéramos vivido en vilo, fantaseando primero y convenciéndonos después, de la inminente posibilidad de ser campeones del mundo. En 2018 en la Copa celebrada en Rusia, contra todo pronóstico Croacia disputó con Francia la final del torneo. Un país de cuatro millones de habitantes, menos que la población de Guadalajara, tendría que haberse dado por satisfecho con la conquista del subcampeonato. Pero, como escuché decir a un croata alguna vez, palabras más palabras menos, “fue terrible la derrota por 4 a 2, porque durante unos días soñamos que por fin podríamos decir que Croacia era la mejor del mundo en algo y que ese algo era lo que querían todos los demás. Imagínese que hubiéramos ganado, nadie nos lo habría quitado por los siglos de los siglos”.Así que por una vez permítaseme no hablar de los males del mundo, reflexionar sobre la economía o inventariar los haberes y deberes de la Cuarta Transformación. El hecho de que México sea anfitrión de esta Copa inevitablemente lleva a pasar revista a méritos y deméritos del organizador, lo cual deviene en temas políticos. Pero preferiría dejar a otros la tarea, para que nada empañe o distorsione la dulce entrega a la montaña rusa de ilusiones y desilusiones que comenzará a rodar con el primer minuto del partido de este jueves, a pesar de la banalidad de las pasiones o la improbabilidad de su éxito.@jorgezepedap