A cuatro días de que ruede el balón en la Copa del Mundo 2026, México vuelve a encontrarse frente a un espejo y no sólo el de su Selección Nacional, sino el de su propia forma de verse a sí mismo.En las últimas semanas hemos escuchado de todo. Críticas a la convocatoria de Javier Aguirre, cuestionamientos sobre la organización, dudas sobre la seguridad, señalamientos por las obras inconclusas y debates interminables sobre cada detalle que rodea al torneo. Como ocurre cada vez que México está frente a una gran vitrina internacional, parece que algunos ya dictaron sentencia antes de que comience el torneo.Pero también existe otro extremo igual de peligroso: el de quienes consideran que cualquier crítica es una traición y que todos debemos limitarnos a aplaudir. La realidad, como casi siempre, se encuentra en medio. México tiene razones para ilusionarse. Será sede de una Copa del Mundo por tercera ocasión, algo que ningún otro país ha logrado. El Estadio Azteca —o Estadio Ciudad de México para efectos de FIFA—, volverá a hacer historia con una inauguración mundialista. Millones de visitantes llegarán al país y miles de niños vivirán por primera vez la emoción de ver a su Selección disputar un Mundial en casa.Pero además de las ilusiones viene la costumbre de convertir cualquier conversación en una guerra de bandos. Porque una cosa es analizar y exigir; otra muy distinta es apostar permanentemente por el fracaso.Resulta curioso observar cómo, incluso antes del primer partido, ya existen quienes hablan del ridículo que hará la Selección, de los problemas que tendrá la organización o de los errores que seguramente aparecerán. Pareciera que para algunos el fracaso genera más satisfacción que el éxito.Sin embargo, tampoco podemos caer en el error de cerrar los ojos ante las deficiencias. Las obras deben terminarse, la seguridad debe garantizarse y las autoridades tienen la obligación de cumplir. La crítica responsable es necesaria porque ayuda a corregir.Lo que sobra es la crítica convertida en deporte nacional. Javier Aguirre fue contratado para tomar decisiones y acertará en algunas y se equivocará en otras. Así ocurre con cualquier entrenador del mundo. Pero cuestionar cada convocatoria, cada alineación y cada movimiento antes de que empiece el torneo aporta poco y desgasta mucho.Lo mismo sucede con el país. México enfrenta problemas reales que nadie puede negar. La inseguridad, la desigualdad y las carencias institucionales existen. Ignorarlas sería irresponsable, pero vivir instalados en el discurso de que todo está mal también termina siendo una forma de inmovilidad.El Mundial representa una oportunidad extraordinaria para mostrar lo mejor de nosotros mismos, no para maquillar los problemas ni para esconderlos bajo la alfombra, sino para demostrar que somos capaces de organizarnos, recibir al mundo y sentir orgullo por lo que hacemos bien. Ya después habrá tiempo para los balances, para las críticas, para los elogios y para las conclusiones.Cada mexicano tiene una responsabilidad que asumir. Los padres con sus hijos, los empresarios con sus empresas, los trabajadores con sus labores y los ciudadanos con su comunidad. El progreso de un país no depende únicamente de sus gobernantes, sino también de la actitud con la que cada persona enfrenta sus propios retos. Pensar en positivo no significa ignorar los problemas ni aplaudir todo lo que ocurre; significa entender que la crítica debe ir acompañada de propuestas y trabajo. Porque es cierto que México enfrenta desafíos graves, desde la inseguridad hasta la impunidad, realidades que no pueden esconderse bajo discursos optimistas. Sin embargo, tampoco ayuda convertir la queja permanente en una forma de vida. Entre el conformismo y el pesimismo existe un punto de equilibrio: reconocer lo que está mal, exigir que mejore y, al mismo tiempo, aportar desde nuestra propia responsabilidad para construir un país mejor.Cualquiera podría pensar que después de una tragedia como la que viví en 2007, con el secuestro de mi hija, tendría razones suficientes para instalarme en el resentimiento o en el pesimismo permanente. Sin embargo, decidí seguir adelante. Tengo hijos, tengo nietos y sigo creyendo que vale la pena trabajar para dejarles un mejor país. Eso no me convierte en conformista ni significa que cierre los ojos ante los problemas que enfrenta México. Al contrario, conozco de primera mano el dolor que provocan muchas de las fallas de nuestro sistema, pero también sé que vivir atrapado en la negatividad no resuelve nada. Hoy, a cuatro días del inicio del Mundial, la pregunta no es si México será perfecto. La pregunta es si, por una vez, seremos capaces de acompañar la esperanza e ilusión sin renunciar al pensamiento crítico. Porque apoyar no significa obedecer, y criticar tampoco debería significar destruir.Únete a nuestro canal