El Mundial de Futbol debía ser la gran fiesta de México ante los ojos del planeta. Pero las citas con la historia rara vez ocurren en el momento que uno elige. A unos días de la inauguración, el torneo amenaza con convertirse menos en una celebración deportiva y más en el espejo de una crisis de gobernabilidad que el poder ya no puede disimular.En la carrera contrarreloj para recibir a millones de visitantes, el gobierno descubrió que hay problemas imposibles de esconder bajo la alfombra. La violencia era, por sí sola, razón suficiente para mirar el Mundial con preocupación. Pero el país llega a esta cita cargando algo más que un problema de seguridad. A las acusaciones de narcopolítica que sacuden al régimen se suman obras inconclusas, improvisación gubernamental y una creciente oleada de bloqueos y movilizaciones.Nada de esto ocurrió en un vacío. Es la consecuencia de un proyecto político que decidió concentrar cada vez más poder mientras descuidaba la capacidad de gobernar. Durante años se privilegió la conquista del poder por encima del fortalecimiento institucional. Se desmontaron contrapesos, se debilitaron organismos capaces de corregir errores y se vaciaron espacios que servían para procesar conflictos e inconformidades. Y cuando no hay rendición de cuentas, tampoco existen incentivos para entregar resultados.Pero hubo una consecuencia adicional. Al cerrar o capturar los mecanismos que permiten canalizar el descontento social, el gobierno eliminó las válvulas de escape de la democracia. Los conflictos no desaparecen porque una institución deje de escucharlos. Se acumulan. Y cuando ya no encuentran cauces institucionales, terminan trasladándose a la calle.Y luego está la CNTE. Ahí no estamos frente a una protesta convencional, sino ante el resultado predecible de un sistema que durante décadas premió el chantaje como forma de hacer política. Los mismos actores que hoy gobiernan ayudaron a fortalecer esa lógica cuando eran oposición. Ahora descubren que el monstruo que alimentaron ya no responde a sus instrucciones. Y con tal de evitar que el conflicto empañe el Mundial, parecen dispuestos a jugar con fuego. Pero la posibilidad de meter mano a las Afores para apaciguar a la CNTE no sería una negociación; sería ceder ante una extorsión.Las obras del Mundial cuentan una historia similar. México tuvo ocho años para prepararse. No ocurrió. Hoy abundan los trabajos contrarreloj, la improvisación y los proyectos opacos sin concluir. Esa es la diferencia entre hacer propaganda y gobernar. Ahora todas las crisis —la inseguridad, la CNTE, las acusaciones de narcopolítica y la falta de planeación— le están estallando en la cara al mismo tiempo.Lo más revelador es que mientras el gobierno intenta vender una narrativa de transformación histórica, la realidad insiste en imponer otra imagen: pueblos vaciados por la violencia, transportistas extorsionados, agricultores obligados a pagar cuota, familias desplazadas, madres buscadoras asesinadas y regiones enteras donde la ley del Estado ha sido sustituida por la ley criminal. Esa es la verdadera carta de presentación de México ante el mundo.Los países se conocen por aquello que ocurre en sus plazas. Y esa es quizá la ironía más cruel de este Mundial. Lo que debía ser la oportunidad perfecta para que México mostrara su mejor rostro amenaza con convertirse en el espejo incómodo de una realidad imposible de ocultar: la de un Estado que durante años acumuló mucho poder, pero descuidó el arte más elemental de gobernar.Instagram: @bravo_lucy_X: @bravolucyÚnete a nuestro canal