Lo mejor del Mundial es que se trata de una lucha que se entiende. Nos viene bien. Cuando la vida política se convierte en vida judicial y en cada titular se libra una lucha por el poder, los lectores acaban por no entender nada.
En cambio, cuando hay once tíos a cada lado, un balón y una portería la vida vuelve a parecer sencilla. Hay una serie de partidos y eliminatorias hasta llegar al final: sólo puede ganar uno. Reglas fáciles. Sin embargo, tras esta aparente sencillez, el del fútbol también es un mundo impregnado por luchas de poder, o sea, político en el peor significado de la palabra.












