Durante décadas, la FIFA ha cargado con una reputación que pocas organizaciones deportivas pueden presumir... y no precisamente por las razones correctas. Escándalos de corrupción, dirigentes procesados, investigaciones internacionales y decisiones que siempre terminaron bajo sospecha marcaron las administraciones de João Havelange, Joseph Blatter y Michel Platini.Muchos pensaron que esa etapa había quedado atrás. Que la llegada de Gianni Infantino significaría una renovación profunda del organismo más poderoso del futbol mundial. Sin embargo, conforme avanza el Mundial 2026, la conversación ha cambiado. Hoy son cada vez más las voces que cuestionan si realmente hubo un cambio o simplemente cambió el protagonista.No hace falta ser experto en futbol para percibir que algo no termina de convencer. Basta escuchar a analistas, exárbitros, periodistas internacionales y aficionados de distintos países para encontrar una constante: las decisiones tomadas durante este Mundial han generado una enorme cantidad de polémicas.Hay quienes cuestionan decisiones arbitrales que terminaron favoreciendo a determinadas selecciones. Otros señalan criterios disciplinarios que parecieron modificarse dependiendo del protagonista. También han surgido críticas por la organización del torneo, por la distribución de sedes, por la logística y por la forma en que, según muchos observadores, algunos intereses comerciales parecen pesar tanto como los deportivos.La mayoría de estas acusaciones no han sido demostradas y la FIFA ha defendido reiteradamente la independencia de sus órganos arbitrales y disciplinarios, pero el verdadero problema ya no es únicamente si existe o no un favoritismo, el problema es la percepción y en el deporte de alto rendimiento y de negocio, la percepción también importa.Cuando millones de aficionados alrededor del planeta comienzan a pensar que los partidos ya no se deciden únicamente dentro de la cancha, el daño para la credibilidad resulta enorme. El futbol vive de la pasión, pero sobre todo de la confianza. El aficionado necesita creer que los 90 minutos son suficientes para definir un ganador. Si esa confianza desaparece, el espectáculo pierde buena parte de su esencia.México también tiene razones para hacer una autocrítica. Desde que se anunció la Copa del Mundo compartida entre México, Estados Unidos y Canadá, se vendió la idea de un evento histórico que dejaría una enorme derrama económica para los tres países. Hoy, cuando el torneo entra en su etapa decisiva, vale la pena preguntarse si realmente nuestro país obtuvo los beneficios prometidos.En lo deportivo, la Selección Mexicana consiguió una actuación histórica que devolvió la ilusión a millones de aficionados. Eso nadie lo puede discutir. Pero fuera de la cancha el balance merece revisarse con calma.¿Cuánto ganó realmente México? ¿Cuánto ingresó a las ciudades sede? ¿Cuánto terminó captando la FIFA? ¿Cuánto recibieron los organizadores locales?Son preguntas que deberán responderse con cifras una vez que termine el torneo. Porque una cosa es el éxito deportivo y otra muy distinta el negocio.La FIFA sigue demostrando que es una maquinaria económica extraordinaria. Ningún organismo deportivo genera tanto dinero. Y precisamente por eso debería ser también el ejemplo mundial de transparencia. Las polémicas recientes no ayudan. Tampoco ayudan los problemas migratorios que enfrentaron algunas selecciones para ingresar a Estados Unidos, ni las críticas por decisiones administrativas que terminaron mezclando política, negocios y futbol en un mismo escenario.El Mundial debería ser la máxima celebración del deporte. Un torneo donde únicamente hablen los jugadores, los entrenadores y el balón. Cuando los titulares terminan concentrándose en las decisiones de los dirigentes, algo claramente dejó de funcionar. Quizá Gianni Infantino no sea responsable de todas las polémicas que rodean esta Copa del Mundo, pero sí es el máximo responsable de proteger la credibilidad de la FIFA. Y hoy esa credibilidad atraviesa uno de sus momentos más delicados.Únete a nuestro canal
Havelange, Blatter y Platini son niños de pecho en comparación con Infantino y la FIFA, escribe Nelson Vargas
Durante décadas, la FIFA ha cargado con una reputación que pocas organizaciones deportivas pueden presumir... y no precisamente por las razones correctas. Escándalos de corrupción, dirigentes procesados, investigaciones internacionales y decisiones que siempre terminaron bajo sospecha marcaron las administraciones de João Havelange, Joseph Blatter y Michel Platini.Muchos pensaron que esa etapa había quedado atrás. Que la llegada de Gianni Infantino significaría una renovación profunda del organismo más poderoso del futbol mundial. Sin embargo, conforme avanza el Mundial 2026, la conversación ha cambiado. Hoy son cada vez más las voces que cuestionan si realmente hubo un cambio o simplemente cambió el protagonista.No hace falta ser experto en futbol para percibir que algo no termina de convencer. Basta escuchar a analistas, exárbitros, periodistas internacionales y aficionados de distintos países para encontrar una constante: las decisiones tomadas durante este Mundial han generado una enorme cantidad de polémicas.Hay quienes cuestionan decisiones arbitrales que terminaron favoreciendo a determinadas selecciones. Otros señalan criterios disciplinarios que parecieron modificarse dependiendo del protagonista. También han surgido críticas por la organización del torneo, por la distribución de sedes, por la logística y por la forma en que, según muchos observadores, algunos intereses comerciales parecen pesar tanto como los deportivos.La mayoría de estas acusaciones no han sido demostradas y la FIFA ha defendido reiteradamente la independencia de sus órganos arbitrales y disciplinarios, pero el verdadero problema ya no es únicamente si existe o no un favoritismo, el problema es la percepción y en el deporte de alto rendimiento y de negocio, la percepción también importa.Cuando millones de aficionados alrededor del planeta comienzan a pensar que los partidos ya no se deciden únicamente dentro de la cancha, el daño para la credibilidad resulta enorme. El futbol vive de la pasión, pero sobre todo de la confianza. El aficionado necesita creer que los 90 minutos son suficientes para definir un ganador. Si esa confianza desaparece, el espectáculo pierde buena parte de su esencia.México también tiene razones para hacer una autocrítica. Desde que se anunció la Copa del Mundo compartida entre México, Estados Unidos y Canadá, se vendió la idea de un evento histórico que dejaría una enorme derrama económica para los tres países. Hoy, cuando el torneo entra en su etapa decisiva, vale la pena preguntarse si realmente nuestro país obtuvo los beneficios prometidos.En lo deportivo, la Selección Mexicana consiguió una actuación histórica que devolvió la ilusión a millones de aficionados. Eso nadie lo puede discutir. Pero fuera de la cancha el balance merece revisarse con calma.¿Cuánto ganó realmente México? ¿Cuánto ingresó a las ciudades sede? ¿Cuánto terminó captando la FIFA? ¿Cuánto recibieron los organizadores locales?Son preguntas que deberán responderse con cifras una vez que termine el torneo. Porque una cosa es el éxito deportivo y otra muy distinta el negocio.La FIFA sigue demostrando que es una maquinaria económica extraordinaria. Ningún organismo deportivo genera tanto dinero. Y precisamente por eso debería ser también el ejemplo mundial de transparencia. Las polémicas recientes no ayudan. Tampoco ayudan los problemas migratorios que enfrentaron algunas selecciones para ingresar a Estados Unidos, ni las críticas por decisiones administrativas que terminaron mezclando política, negocios y futbol en un mismo escenario.El Mundial debería ser la máxima celebración del deporte. Un torneo donde únicamente hablen los jugadores, los entrenadores y el balón. Cuando los titulares terminan concentrándose en las decisiones de los dirigentes, algo claramente dejó de funcionar. Quizá Gianni Infantino no sea responsable de todas las polémicas que rodean esta Copa del Mundo, pero sí es el máximo responsable de proteger la credibilidad de la FIFA. Y hoy esa credibilidad atraviesa uno de sus momentos más delicados.Únete a nuestro canal








