Manuel Mostaza BarriosActualizado Mi�rcoles,
julio
23:33Hay algo fascinante en todo lo que rodea al f�tbol. S�, incluso en lo que rodea al f�tbol moderno. Aunque no termine de ser un deporte global -faltan al menos la India y China por incorporarse para que lo sea de veras-, es lo m�s parecido que tenemos a una competici�n de �mbito planetario. El campeonato Mundial que se celebra estos d�as lleva casi un siglo disput�ndose -con las interrupciones debidas a la Segunda Guerra Mundial- desde aquel primero de Uruguay en el verano de 1930. Un campeonato al que muchos pa�ses europeos no quisieron ir por la dificultad del viaje y la crisis econ�mica que asolaba el mundo tras el crack financiero del oto�o anterior.El Mundial es un reflejo de muchas cosas, m�s all� del impacto econ�mico que genera para beneficio de las federaciones que lo organizan. Desde muy pronto mezcl� pol�tica y deporte (el triunfo de Italia en 1934 debi� mucho a la presi�n del Gobierno fascista de Mussolini) y eso sigue siendo as� hasta la actualidad. Tan europeo era todo, tanta pol�tica hab�a y tanto negocio, que la propia FIFA quiso mantener el monopolio y torpede� durante d�cadas la creaci�n por parte de la UEFA de un torneo similar de �mbito europeo, la Eurocopa, que tuvo que esperar nada menos que 30 a�os, hasta 1960, para echar a andar de una manera muy precaria, puesto que hasta 1980 no hubo siquiera fase de grupos en el torneo.Quiz� lo m�s interesante sea se�alar que el f�tbol, al contrario de lo que ocurre en la vida real desde los a�os 60, sigue siendo una batalla dominada con claridad por Occidente, b�sicamente por pa�ses europeos y por territorios que formaron parte de dos de los grandes imperios atl�nticos europeos: Espa�a y Portugal. Como le digo muchas veces en broma a mi hijo, un Mundial es una Eurocopa con Argentina y con Brasil. Tanto es as� que, de los 22 campeonatos disputados hasta la fecha, 12 han sido ganados por pa�ses europeos y diez por pa�ses iberoamericanos, b�sicamente Argentina y Brasil, m�s los dos lejanos campeonatos ganados por la brava Uruguay en 1930 y 1950. No solo eso: tambi�n los finalistas forman parte del mismo club europeo o iberoamericano: ninguno de los 22 finalistas ha sido nunca de otro territorio; es decir, quitando Argentina y Brasil, todos los subcampeones han sido siempre europeos.Los tiempos est�n cambiando -a nosotros nos lo van a decir-, pero el mundo del f�tbol lleva un cierto desfase con la realidad que a los europeos nos resulta gozoso porque nos devuelve la ilusi�n de un mundo que ya desapareci�: la realidad contin�a girando hacia el oeste y ahora el Pac�fico es el centro del mundo, pero el Mundial sigue siendo un oasis de europeidad en particular y de occidentalismo en general. Es como si el f�tbol siguiera detenido en aquella �poca imperial, en el mundo de ayer de Stefan Zweig, con las grandes potencias europeas al mando y la promesa de crecimiento infinito que eran la Argentina previa a la maldici�n peronista y el Brasil, pa�s del futuro.En los m�s de 20 campeonatos disputados hasta ahora, apenas tres selecciones (EEUU en un primer campeonato de apenas 13 equipos, una Corea del Sur anfitriona en 2002 y Marruecos en 2022) han sido capaces de alcanzar al menos las semifinales, sin pertenecer a este selecto acuerdo Europa-Mercosur futbol�stico que domina el mercado mundial del f�tbol desde su nacimiento. Un territorio (la Uni�n m�s Mercosur) que, aunque representa a poco menos del 9% de la poblaci�n mundial, supone nada menos -si sumamos todas las selecciones iberoamericanas- que el 50% de las selecciones que compiten en el campeonato.En este mundo que representa el Mundial, durante un mes cada cuatro a�os, China no est� y los Estados Unidos son solo un pa�s del mont�n, al menos hasta ahora. Las naciones europeas disfrutan del rol de favoritas y, como si hubi�ramos viajado en el tiempo m�s de un siglo atr�s, Argentina es una gran potencia que se codea con los grandes. Hasta pa�ses menores en el tablero actual, como Portugal o los Pa�ses Bajos, disfrutan de un estatus de potencia que perdieron hace siglos. Ah� est�n Uruguay, con sus 3,4 millones de habitantes, o Croacia, que lleg� en 2018 a la final con apenas cuatro millones, para recordarnos que en este deporte el tama�o del pa�s importa mucho menos que en cualquier otro terreno de las relaciones internacionales.El f�tbol ha devenido en algo parecido a una religi�n secular en un mundo posmoderno, en el que casi el �nico rasgo reconocible de la naci�n son las selecciones deportivas que compiten en los torneos internacionales. Todo lo dem�s ha ca�do: ahora sabemos que la soberan�a es un mito, la moneda es compartida, la cultura se hace homog�nea... pero las selecciones de las naciones siguen luchando las unas contra las otras.La importancia del f�tbol como elemento fundamental del poder blando que ayuda a los europeos a mantener su hegemon�a cultural ha sido entendida por el resto del mundo. Incluso Estados fallidos, normalmente dictaduras que condenan a la emigraci�n a gran parte de sus habitantes m�s inquietos, han hecho de la necesidad virtud pescando en la laguna de los �oriundos�.Los datos, a este respecto, son espectaculares: m�s de la mitad de los convocados por las selecciones marroqu� o la argelina no han nacido en su pa�s, y son hijos de la emigraci�n hacia Europa, que se sigue produciendo de manera recurrente en esos pa�ses. Algo parecido ocurre con combinados como el congole�o o el caboverdiano. A la inversa, casi un centenar de futbolistas franceses disputan el Mundial... con 13 combinados nacionales diferentes: el galo y otros 12, lo que supone que casi cuatro de cada cinco franceses que juegan el Mundial lo har�n bajo banderas ajenas a la tricolor.La globalizaci�n era esto, y el f�tbol no es ajeno al cambio de era al que estamos asistiendo. Pero no quiero terminar sin se�alar la paradoja que esconde todo lo anterior: m�s que disolver la identidad nacional, esta marea de oriundos y combinados mestizos la transforma de manera fractal hasta multiplicarla. Cuando Marruecos lleg� a semifinales en 2022, la fiesta no se qued� en Rabat: estall� tambi�n en Bruselas, Amberes o �msterdam, en barrios habitados por hijos y nietos de emigrantes que jam�s han vivido -ni vivir�n- en Marruecos.Lo mismo pasa cada cuatro a�os en Madrid, donde miles de ecuatorianos -uno de los colectivos extranjeros m�s numerosos de la ciudad- llenan plazas y bares con la camiseta amarilla sin que se les pase por la cabeza renunciar a nada por ello. La pertenencia identitaria no se diluye; se reparte para horror de aquellos que siguen creyendo en la identidad como una c�rcel de la que uno no puede escapar: madrile�o entre semana y ecuatoriano cuando juega la tricolor, sin que ambas cosas sean incompatibles. No solo los pasaportes se han vuelto plurales; tambi�n las camisetas que cosen las identidades colectivas. Y es que, como nos advirti� ese viejo marxista que fue Eric Hobsbawm en Nations and Nationalism since 1780, haciendo suyo el concepto de su colega Benedict Anderson: �The imagined community of millions seems more real as a team of eleven named people� (�la comunidad imaginada de millones parece m�s real bajo la forma de un equipo de once personas con nombre�). Y ah� est� la clave: todas las identidades son una ilusi�n, pero las necesitamos. As� pues, que gane el mejor, sobre todo si somos nosotros. Otra cosa es qui�nes seamos en verdad nosotros...Manuel Mostaza Barrios es polit�logo y director de Asuntos P�blicos de la consultora Atrevia









