Hace diez años, empecé a ver el fútbol de otra manera. A darme cuenta de su verdadera capacidad económica, a reconocer la burbuja que rodea a nuestro deporte y a proponerme con firmeza el intentar que un juego con tanta capacidad de influencia pudiera significar algo más.Dentro del deporte profesional, a una velocidad vertiginosa, hay fuerzas que siempre compiten por tu atención. La exigencia constante. El rendimiento. La exposición mediática. La siguiente temporada. El siguiente contrato. El siguiente objetivo. Todo empuja hacia delante. Muy pocas cosas te invitan a parar, a mirar a tu alrededor.Y quizá por eso, puede parecer que, a veces, dedicar energía a construir algo fuera del terreno de juego significa alejarse del propio fútbol. Pero mi experiencia me ha enseñado exactamente lo contrario.Durante esta última década he descubierto un movimiento que ya existía mucho antes de que yo llegara a él. Un mundo formado por personas y organizaciones que utilizan el fútbol cada día para crear espacios seguros, generar oportunidades, fortalecer comunidades y acompañar a jóvenes en contextos extremadamente difíciles. Un mundo que verdaderamente me ha permitido dar un significado más profundo a ser futbolista profesional.Lo encontré en India. En Colombia. En muchos otros lugares donde el fútbol ocupa un espacio mucho más esencial que el que vemos habitualmente desde la élite. Allí entendí que el fútbol para el desarrollo no es una suma de pequeñas organizaciones desconectadas entre sí. Es un ecosistema global que, en muchos sentidos, representa una de las mejores versiones de lo que podría ser nuestra sociedad.Una comunidad global construida alrededor de la colaboración, el acceso, la confianza y el cuidado colectivo. Y también una comunidad que sigue tremendamente infravalorada, o simplemente desconocida y falta de inversión, pese al enorme potencial que tiene no solo para la sociedad, sino para el propio fútbol.Hace nueve años, con Common Goal, ese mundo me abrió la puerta para formar parte de él. Y desde entonces ha transformado profundamente la forma en la que entiendo el fútbol y el valor que le doy a algo que ha sido el eje de mi vida desde niño. Hoy me cuesta imaginar mi relación con este deporte sin esa dimensión y sin todas las experiencias y aprendizajes que han venido con ella.Porque tengo la sensación de que este fútbol más silencioso, más comunitario y menos visible se parece mucho más a la esencia original del deporte que a muchas de las dinámicas que hemos normalizado alrededor de él.En España, esta comunidad también lleva años creciendo en silencio. En barrios, pueblos y ciudades donde el fútbol actúa como punto de encuentro entre jóvenes de distintos orígenes, como herramienta de inclusión y como espacio de comunidad y pertenencia.Cuando pienso en el Mundial de 2030, pienso en la oportunidad de construir algo capaz de sostener y fortalecer a esta comunidad. De conectar un evento global con la esencia más profunda del juego, la que vive en barrios, calles y comunidades de todo el mundo. Y de entender que quizá el fútbol todavía puede ayudarnos a encontrar respuestas que llevamos tiempo buscando en otros lugares.Para quienes aman este deporte, creo que existe también una invitación a mirar hacia ahí. A entender, apoyar y formar parte de este movimiento que lleva años creciendo, muchas veces lejos de los focos.Hoy 26 de mayo, el Día Mundial del Fútbol Solidario quiere ser precisamente eso: una oportunidad para que el fútbol muestre una versión más humana, más conectada y más generosa de sí mismo.Juan Mata es exfutbolista y fundador de la ONG Common Goal.
Cuando el fútbol recupera su esencia
El Mundial de 2030 nos ofrece la oportunidad de conectar un evento global con la esencia más profunda del juego, la que vive en barrios, calles y comunidades de todo el mundo













