Uno de cada tres convocados de la selección es catalán, pero lo de Catalunya y La Roja es complicado, que diría Rajoy.

“¿Por qué algunos aficionados apoyan a los jugadores de su equipo cada fin de semana, pero luego desean que pierdan en el escenario más importante del deporte?”, se preguntaba hace poco el New York Times, en un artículo sobre la curiosa relación entre Catalunya y la selección.

Hay gente que se alegra cuando gana España y a su vez cuando pierde. Hay independentistas que celebran sus goles en silencio, que se justifican diciendo que hay muchos jugadores del Barça, o que solo ven el partido para ver si ocurre el desastre. Hay, también, gente alejadísima de la política o de cualquier sentimiento nacionalista incapaz de apoyar a La Roja.

En resumen, ni todos los independentistas van en contra de La Roja ni todos los que quieren que pierda son independentistas. Es un sentimiento contradictorio, no sé si mayoritario, pero desde luego transversal y, a la vez, compatible con encontrar bares copados de forofos y barrios en los que parece que nadie se haya dado cuenta de que hay partido.

Hace unas semanas, cuando se debatían los artículos que se publicarían en esta sección, pareció una buena idea desplazarse a un feudo independentista para tomar la temperatura de la afición a la selección en la Catalunya de los estertores del procés.