En verano siempre ha hecho calor y en invierno frío, para qué vamos a engañarnos. Todo eso del calentamiento global y el cambio climático no son más que supercherías para financiar proyectos científicos de chichinabo. La Agenda 2030 no sólo pretende cargarse la raza blanca a base de prohibir el consumo de carne y fomentar la homosexualidad, sino también de convertirnos en unos flojos que se ponen a lloriquear en cuanto el sol empieza a apretar un poco. Menos mal que ahí están los machotes de toda la vida para enseñarnos cómo vadear la canícula a fuerza de botijo, chanclas cangrejeras, camiseta de tirantes y sentido común. Ahí mismo, al fondo a la derecha, como el retrete en el bar.PublicidadHace cosa de un mes, el consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, Mariano de Paco, sorteó las quejas de padres y alumnos ante las altas temperaturas en las aulas mediante el argumento de que el calor, a veces, es fuente de inspiración. Sin ir más lejos, a Mariano de Paco le ha inspirado genialidades como la retirada de las subvenciones al Prado y la promoción de los toros, auténticas ideas de bombero, pero de bomberos de ciencia-ficción, a lo Ray Bradbury, de ésos que provocaban incendios en lugar de apagarlos. De Paco asegura que en Murcia cuando hace calor, hace calor, no como en Madrid, que a mediodía refresca. Por su parte, Marta Fernández, diputada de Vox en las Cortes de Aragón, dijo que los niños de hoy en día no son de mantequilla, que ella montaba en bicicleta cuando era niña a cuarenta grados sin más problemas que terminar de diputada en Vox. Otros miembros de la formación han argumentado con lógica irrebatible que “un poquito de calentamiento del planeta evitará muertes por frío”, un razonamiento de molinero similar al de Putin unas décadas atrás, cuando decía que con un poco de suerte el turismo de playa se iba a volcar todo él en Siberia. Hermann Tertsch ya alertaba el año pasado de la estafa con que los meteorólogos intentaban asustar a la población con los mapas del tiempo, que antes los coloreaban en marrón o naranja mientras que ahora los inyectan en rojo intenso, como si Europa fuese una sucursal de la URSS.Concretamente, Tertsch ironiza ahora con la milonga de que 36 grados simbolicen el infierno, cuando todo el mundo sabe que el whisky de malta puede alcanzar a pelo los 46 y el orujo gallego los 49. La verdad es que con 37 grados en París o 41 en Leipzig no se entiende que en la Unión Europea no decreten obligatoriamente un curso de sevillanas o una procesión de los borrachos de julio a septiembre. En Alemania la ola de calor afectó a más de trece mil kilómetros de tramos de autopista, mientras que el asfalto derretido paralizó los servicios de tranvías públicos en varias ciudades. En Francia han agotado las mantas térmicas para proteger las ventanas, con lo que en cualquier momento los franceses pueden inventar las contraventanas, las cortinas o incluso el ventilador. La calor, a qué negarlo, nos hace más hombres, más mujeres también, no hay más que ver a Marta Fernández o a Hermann Tertsch. El femenino aplicado a un sustantivo neutro intensifica el efecto de la cosa en sí, como bien saben los marineros y las gentes de costa, que casi siempre, por respeto, hablan de la mar y de la calor. Yo, que soy hijo de andaluces, aunque más bien de tierra adentro, no me acabo de tomar en serio esto de las olas de calor, no al menos hasta que los meteorólogos las bauticen con nombre propio, como a los huracanes y las borrascas. En Madrid las olas de calor duran dos meses y medio tirando por lo bajo, no te digo ya en Córdoba, que allí es un no parar de sudar. La de este año la podemos llamar “Hermann”, que lleva seis o siete años echando humo por las orejas.
La calor nos hace más hombres
En verano siempre ha hecho calor y en invierno frío, para qué vamos a engañarnos.









