Es paradójico: ahora que el calentamiento global es observado, y sufrido, por cualquier ciudadano del hemisferio norte que se está cociendo de calor en el principio del verano, la lucha global contra el cambio climático ha perdido empuje. Al fenómeno lo llaman fatiga climática, una especie de resignación: si esto no tiene remedio, adaptémonos en vez de tratar de revertirlo. Mientras algunos tratan de reabrir debates resueltos hace tiempo, como si la crisis del clima es real o si contaminar el aire no es tan dañino, España ha registrado más de un millar de defunciones atribuidas al calor en junio, de las que dos tercios se concentraron en la semana más asfixiante. La temperatura media en el país ha superado el mes pasado en 3,2 grados lo habitual. Francia ha contabilizado otro millar de fallecidos por la misma causa solo en un puñado de días a final de junio. Y en Leipzig, Alemania, han tenido que parar el servicio de tranvías porque las juntas de los raíles ¡se han derretido! No está preparada la Europa central como la sureña para esta nueva forma de vivir el verano, porque hasta en Francia es raro tener aire acondicionado. Pero en realidad nadie está preparado para lo que viene. Los expertos señalan que las olas de calor en Europa, que ya eran largas si llegaban a 10 días, pueden irse a partir de ahora a los 40 días. ¿Imagina cómo puede ser el verano dentro de 10, 20, 30 años? ¿El que vivan sus nietos y bisnietos?Fue en los felices años noventa cuando el mundo empezó a tomarse en serio el cambio climático. Las cumbres de Río, en 1992, y de Kioto, en 1997, alumbraron los primeros acuerdos internacionales para limitar las emisiones de CO2; el proceso sobrevivió a la crisis financiera de 2008 y continuó hasta el Acuerdo de París, de 2015. Pero Donald Trump retiró a su país del pacto, en 2017 y en 2025, al inicio de cada uno de sus mandatos, y proclamó que el cuidado del medio ambiente es propio de radicales izquierdistas. El presidente de EE UU jalea la perforación y el fracking, y dice que el carbón, la fuente más contaminante posible, es “limpio y bello”. En esas estamos.Algunas de las falacias negacionistas se desmontan fácilmente. También la que trata de hacer creer que la factura del pacto climático sale muy cara. Si la economía mundial ha resistido la guerra en Oriente Próximo, la llamada crisis de Ormuz, sin caer en la recesión global que se temía ha sido porque el planeta es mucho menos dependiente del crudo que en los setenta. En España, el despliegue de las renovables de los últimos años ha servido para que los costes de la electricidad sean más bajos que en los países vecinos, y para no se haya registrado un impacto tan duro por el conflicto como el que siguió a la pandemia y la invasión de Ucrania en 2022. Las renovables son un factor de competitividad para este país, al que están viniendo fábricas de coches eléctricos o baterías, centros de datos y hasta una gigafactoría de IA, inversiones que miran al céntimo los costes. Mientras llegan las esperadas tecnologías de almacenamiento harán falta también otras fuentes, incluida la nuclear, sí. Ya se ha generado una industria avanzada, con sus altibajos financieros y sus vaivenes regulatorios, en torno al sol y el viento. Pero se observa en todo el mundo cierta indecisión en la respuesta a un gran desafío de la humanidad. La crisis climática ha perdido posiciones en nuestra escala de prioridades, alterada en los últimos años por sucesivas crisis: la pandemia, las guerras de Ucrania y Oriente Próximo con sus respectivos shocks energéticos y, sobre todo, la pérdida de poder adquisitivo de la mayoría de la población en los países avanzados mientras la vivienda sigue su escalada sin freno. Nos preocupa más, en una lógica cortoplacista, llegar a fin de mes que evitar que leguemos un planeta tórrido a las siguientes generaciones.El último Informe del Riesgos Globales del Foro Económico Mundial, publicado en enero, revela que los peligros medioambientales han retrocedido entre los temores a corto plazo de los 1.300 expertos, ejecutivos y gobernantes entrevistados. Inquietan más ahora la confrontación geoeconómica, la desinformación y la polarización. Pero, preguntados sobre los riesgos a 10 años vista, siguen en cabeza los fenómenos meteorológicos extremos, la pérdida de biodiversidad y el colapso de ecosistemas. Es decir, los líderes mundiales saben bien a dónde nos encaminamos a medio y largo plazo, a un grave deterioro ambiental, pero prestan más atención a lo inmediato, el caos geopolítico. ¿Le pasa algo similar a la población general? Sí, pierde fuelle el temor al cambio climático. La encuesta de Ipsos ¿Qué preocupa al mundo?, hecha a 20.000 ciudadanos de 31 países y publicada el pasado junio, sitúa la crisis climática en el puesto 11 de las inquietudes populares, por detrás de asuntos como la inflación, la criminalidad o el desempleo. Un 59% pide a sus gobiernos que hagan más contra el cambio climático si no entramos en detalles. Pero el apoyo a las renovables se condiciona a que sean baratas: un 50% de los encuestados prefiere precios bajos de la energía aunque impliquen un aumento de las emisiones. La premisa no es correcta, porque las renovables hoy no implican precios más altos. En España es al revés.Resulta miope relajar la lucha climática con el argumento de su coste económico: sería mucho más cara la factura de no hacer nada. El calentamiento ya está causando daños: las sequías, la desertización, los incendios, el deshielo de los polos y glaciares, la subida del nivel del mar que acecha a las costas y que hundirá archipiélagos enteros, y la mayor frecuencia de fenómenos extremos que causan destrucción y muertes. El IPCC, el panel de expertos de la ONU, advirtió en 2022 de que un aumento de la temperatura global de cuatro grados respecto al nivel preindustrial (y ya llevamos 1,5 grados) costaría entre un 10% y un 23% del PIB global al final de este siglo. La OCDE calculó el año pasado que la crisis climática ya ha costado un 1,75% del PIB mundial, y el impacto se situará entre el 9%, en caso de que la temperatura solo suba 2,5 grados hasta 2100, y un catastrófico 36% en el caso más extremo del calentamiento.No es muy coherente: nos asamos en olas de calor que no dan un respiro y al mismo tiempo damos pasos atrás en la agenda verde. La UE mantiene sobre el papel sus planes para rebajar emisiones, pero en la práctica está echando el freno. Lo hizo cuando flexibilizó el camino hacia el final del automóvil con motor de combustión, bajo presión de Alemania porque sus fabricantes no estaban preparados para quitarse del combustible fósil. Es comprensible que se quiera proteger a esa industria, pero ¿cuál es el resultado? Que los coches eléctricos chinos están conquistando Europa mientras Volkswagen agudiza su crisis y anuncia el cierre de cuatro fábricas alemanas. Así que la transición ecológica tiene un claro ganador: China, campeona del coche eléctrico y de los paneles solares. A pesar de que el gigante asiático tiene una economía muy contaminante, todavía con mucho peso del carbón, su transformación está siendo rápida. Y su clase dirigente ha entendido que hay grandes oportunidades de negocio, y de ganar influencia global, en la electrificación. Como en todos los negocios, el que llega primero ocupa el espacio central. EE UU algún día querrá volver a estar ahí, pero quizás sea tarde. ¿Dónde quiere estar Europa? Ir más lento cuando otros corren no parece una buena estrategia.‌Este texto forma parte del boletín semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas. Cada viernes en su buzón. Puede apuntarse aquí.