Mientras el mundo se sofoca bajo un calor cada vez más peligroso, ¿por qué se sigue permitiendo que las compañías petroleras aumenten la producción de combustibles fósiles en lugar de asumir el coste de las consecuencias de su codicia?

Esa pregunta es la que todo deberíamos hacernos en medio de los sofocantes domos de calor que cubren gran parte del hemisferio norte, de los récords de temperatura que se baten día tras día, de los niños que mueren encerrados en coches, de los hospitales que se llenan de pacientes con golpes de calor y de los servicios de emergencia que luchan contra los incendios forestales.

No cabe duda de que las empresas de petróleo, gas y carbón ya soportan una parte desproporcionada de la responsabilidad y, sin embargo, tienen un incentivo económico para seguir agravando el cambio climático. Estos incentivos perversos persistirán mientras los generosos subsidios gubernamentales que reciben no sean sustituidos por impuestos extraordinarios sobre sus beneficios.

Existe un consenso científico abrumador sobre que cuanto más se queman combustibles fósiles, más se calentará el planeta. El estudio de atribución más reciente concluye que «la ola de calor más intensa y extensa que jamás haya afectado a una región tan amplia de Europa» no habría podido producirse sin el cambio climático provocado por la actividad humana.