Luisa Arnanz, de 53 años, lleva casi la mitad de su vida trabajando como bombera en Valencia. Ha intervenido en todo tipo de siniestros, pero nada comparable con el accidente del metro del 3 de julio de 2006, que segó la vida de 43 personas. Fue una de las primeras en bajar al túnel por la estación de Jesús en medio de “una oscuridad absoluta” y de un silencio inicial que no olvida. Ni gemidos ni gritos pidiendo auxilio de los 47 heridos que no salían de su estupor. Se introdujo por una ventana del primer vagón volcado y atravesado sobre las vías para rescatar a las víctimas. Entre ellas, se encontraba Ana Esplugues, “una chica joven”, que entonces tenía 26 años. “Se me pone la piel de gallina contándolo”, comenta Luisa, mientras dirige la mirada hacia uno de sus brazos fibrosos. “Ana, una chica joven que rescatamos, me ha llamado, cuando ya se estaba hablando del aniversario, 20 años después, para darme las gracias de nuevo y decirme que se acuerda mucho de mí. Fue muy emocionante. Después de sacarla del tren, fuimos a verla al hospital; estaba muy grave. Cuando se curó, vino al parque de bomberos e hicimos una paella. Pero ya no supe nada más de ella hasta que hace dos meses se puso en contacto conmigo. Tengo el mismo teléfono que entonces”. La chica se cogió con fuerza a su mano y no la soltó hasta que salió del andén. “Es lo único que hice”, rememora la bombera.“Aquí se montó el puesto de mando avanzado”, apunta a su lado Rafa Pons, de 62 años, hoy suboficial de los Bomberos del Ayuntamiento de Valencia, entonces sargento. Con el “aquí” se refiere a la estación de metro de Jesús, epicentro del siniestro, donde él estuvo coordinando las tareas. “El primer vagón fue el que volcó y el que salió despedida la gente. Todos los fallecidos viajaban en ese vagón y estaban fuera de él. En el segundo, que descarriló, pero no volcó, hubo algún contusionado, herido, pero no víctimas mortales...”, relata. “Cuando vosotros llegáis ahí solicitáis las herramientas de excarcelación”, le dice Rafa a Luisa.Luisa y su unidad entraron al túnel del metro por la estación de Jesús. Otro grupo de bomberos lo hizo por la anterior estación de la Línea 1 de la Plaza de España. Cuando recibieron el primer aviso de un posible accidente a través de la llamada de la hija de uno de los bomberos que iba en el último vagón, se ignoraba qué había pasado y dónde exactamente. Había mucha confusión y una inicial falta de información. “Los compañeros que venían por el túnel de la Plaza España tuvieron que parar a un tren que iba a salir en dirección a donde estaba el tren accidentado. Fue un sargento el que lo paró. No sabían lo que se encontrarían y había compañeros caminando por el túnel. De hecho, fueron estos compañeros los que se encontraron a las víctimas mortales en el andén antes de llegar al tren”, explica Luisa. “Pudimos rescatar a siete u ocho”También los sanitarios del SAMU entraron por las dos estaciones. “Yo entré por Jesús y otra unidad por la Plaza España. Entonces nos comunicábamos por móviles y se perdía la cobertura. Por eso me pidieron que localizara a la primera unidad que había entrado para informar sobre lo que había pasado. El volumen de llamadas al 112 era muy grande”, explica Carolina Ligorit, de 50 años, 22 trabajando como médico del SAMU. Enseguida se dieron cuenta de la gravedad del accidente del metro que circulaba a 81 kilómetros, el doble de lo permitido, por una curva.La única forma de acceder a la zona de los heridos era subiendo por arriba del vagón por una escalera y bajando por otra, que habían puesto los bomberos. “Cuando bajamos por el techo del vagón atravesado, nos encontramos con el mar de vías, donde estaban todos los cadáveres, los restos humanos. El vagón, al descarrilar, apoya sobre las vías del tren, se desplaza, las ventanas se rompen porque eran de vidrio y salen cizalladas todas las víctimas”, señala Carolina en su casa particular. A la sanitaria, que estaba embarazada de siete meses del hijo que ahora escucha el relato de manera discontinua, se le ha quedado grabado el olor de la tragedia en el túnel. Médico vocacional de emergencias, también trabajó en la dana del pasado 29 de octubre de 2024, en la que murieron 230 personas, en la que las víctimas se encontraron progresivamente. “En el túnel del metro, buscábamos alguna posibilidad de supervivencia entre restos humanos. Pudimos rescatar a siete u ocho personas. Los demás, los que estaban bien, se marchaban andando o ya habían salido y luego iban al hospital si lo necesitaban por heridas, magulladuras, fracturas. La gente estaba muy asustada. Muchos pensaban que podía haber sido otro 11M y podía haber explosiones. Entonces no sabíamos aún qué había pasado. Vimos que el tren había descarrilado, pero desconocíamos el motivo”. “Pronto se descartó que fuera una bomba”Averiguar el origen del siniestro y descartar en su caso que hubiera sido un acto terrorista fue una de las prioridades de Luis Felipe Martínez, subdelegado del Gobierno en 2006. Los atentados en los trenes de Madrid, organizados el 11 de marzo de 2004 por una célula yihadista, estaban muy presentes. Podía cundir el pánico de que hubiera más bombas en otros trenes. “Hubo muchas llamadas a la centralita preguntando si era un atentado”, comenta Luis Felipe, funcionario jubilado de 73 años, en una terraza situada a escasos metros de la boca del metro de Jesús.“Vine aquí en cuanto me avisaron. La Policía Nacional ya había enviado a dos comisarios, de la judicial y de la científica. Pronto descartaron que fuera una bomba, porque deja una huella muy visible y quedan restos de explosivos. Tampoco fue una explosión por acumulación de gas o por otro motivo. Uno de ellos me dijo que entendían como una de las primeras hipótesis que el tren entró a una velocidad excesiva y descarriló y que el eje de las ruedas estaba roto, que pueden ser las dos cosas a la vez o una sola, no se sabía entonces, pero es lo que me dijo”, explica el exsubdelegado del Gobierno, entonces presidido por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Luis Felipe recuerda que el Cecopi (Centro de Coordinación Operativa Integrado) para gestionar la emergencia se montó en la cercana sede de Tráfico de la dirección general de Tráfico y en el que estuvo presente desde el principio el presidente de la Generalitat, el popular Francisco Camps, del PP (que no ha respondido a la petición de este periódico de recabar su testimonio). A los dirigentes del Consell “no les sentó nada bien que montara una rueda de prensa para contar lo que sabía”, a tres días de la visita del Papa [Benedicto XVI], añade el antiguo cargo socialista. “Rita Barberá [alcaldesa de Valencia] ya había hecho unas declaraciones iniciales en las que dijo que no se descartaba ninguna hipótesis. A mí me interesaba decir sobre todo que no era un atentado terrorista, calmar los ánimos, pero lógicamente los periodistas preguntaron sobre las causas del descarrilamiento y yo respondí lo que me había explicado la policía”.