Se considera la tierra de los libres, según el célebre pasaje de su himno, pero en el 250 aniversario de su Declaración de Independencia, Estados Unidos se describe mejor como una tierra de crueldad e indecencia. Entre su ciudadanía hay, por supuesto, la misma proporción de nobleza y mezquindad que en cualquier otro lugar del mundo. Pero a veces las sociedades van a la deriva, y en esta el poder proyecta esas dos pulsiones oscuras: piensen en el terror del ICE o en el enriquecimiento desde el poder del presidente y de su entorno. A lo largo de cuarto de milenio de historia EE UU ha acumulado un gran historial de abusos, pero también ha sido una fuerza hegemónica con impulsos admirables, y no solo por su papel en la derrota del nazifascismo. Hoy, no obstante, el nivel de las tinieblas alcanza cotas elevadísimas, y el de las luces, mínimas. El entramado político-tecnológico estadounidense tiene rasgos horripilantes. Y su alcance es desgraciadamente global. ¿Qué relación debería tener Europa con estos EE UU? Nadie sensato a estas alturas duda de que necesitamos superar la dependencia en la cual hemos vivido durante décadas como protectorado militar y asistidos tecnológicos. El problema es: ¿cómo?La complejidad reside en que seguimos siendo profundamente dependientes de EE UU mientras afrontamos a la vez un desafío brutal y sin escrúpulos desde Rusia, y un reto formidable e inquietante desde China. Si es una ingenuidad letal confiar en los EE UU de Trump, también lo es creer que la China de Xi no desea tenernos divididos y frágiles para que no planteemos una competencia eficaz. Con esta realidad, un corte abrupto con Washington puede tener consecuencias graves. A la Casa Blanca no le falta capacidad de represalias, sea en términos de retirada de protección militar, de corte de acceso a tecnología, de andanadas comerciales. Hay quienes consideran que el shock de un corte abrupto puede provocar un momento de dificultad, pero que esta es la mejor opción. Concentraría las mentes y contribuiría a superar, finalmente, las lamentables divisiones que nos frenan en el salto de integración. Las amenazas de un mundo de depredadores son grandes, pero en este momento Rusia desde luego no tiene la fuerza de plantear un riesgo militar. Otros son partidarios de la tesis prudente del avanzar lo más rápido posible hacia la autonomía mientras se mantiene cuanto más tiempo posible viva al menos una parte del lazo transatlántico. Este bando apunta también que, si bien está claro que la relación transatlántica no va a volver a ser lo que fue, Trump pasará, y no sería lo mismo con otra Administración demócrata o incluso con una republicana si, en vez de ser liderada por J. D. Vance o un allegado de Donald Trump, lo fuera por Marco Rubio. Hay mucho sentido en esta tesis, pero su segunda parte nos ha frenado demasiado.Los extremos maximalistas y el minimalista no sirven. El primero no concita apoyos suficientes; el segundo no garantiza avances suficientes. Hay que andar en un camino intermedio como siempre en las cosas europeas. Este puede ser fructífero, mucho más que los modestos resultados actuales. Modestos, pero no nulos: los europeos hemos reaccionado muy bien a la espantada de Trump en Ucrania o a sus amenazas contra Groenlandia. Pero modestos al cabo. Estamos muy lejos de una verdadera independencia. Y mírese el lamentable naufragio del proyecto de avión de combate FCAS. Un disparo en el pie, como si no fueran suficientes los que nos llegan de Oriente y Occidente.Ese camino reclama mayor decisión sin llegar al desgarro. Esta columna celebró hace unas semanas el portazo de Países Bajos a una empresa tecnológica estadounidense que buscaba adquirir una empresa involucrada en la gestión de servicios y datos públicos. Cabe comprobar con satisfacción que España ha dado pasos para dar portazo a Palantir, y el primer ministro in pectore del Reino Unido busca hacer lo mismo, después de que Alemania diera ejemplo en ello.Pero hay que hacer mucho más. En el plano de la defensa hay que dotarse de las capacidades que nos faltan y nos hacen dependientes. Y, más difícil aún, hay que dotarse de las estructuras de mando para un despliegue coordinado de esas capacidades, que es la única manera para que tengan credibilidad disuasoria y, dada la necesidad, eficacia operativa. La cumbre de la OTAN de la semana que viene será un momento de prueba importante. Los europeos deben asumir una mayor cuota del peso de la defensa convencional del continente. Pero también deben intentar asumir un papel mucho más protagónico en su liderazgo y coordinación, rol tradicionalmente asumido por EE UU. Para ello, es preciso pensar en mecanismos de rediseño del mando de la Alianza que faciliten esa asunción de responsabilidades compartidas por europeos. Rafael Loss, Marta Prochwicz Jazowska y Jana Puglierin del think tank ECFR acaban de publicar un interesante paper con propuestas en ese sentido de rediseño regionalizado del mando.Este aspecto es esencial para garantizar que los europeos, en caso de necesidad y de no poder contar con el apoyo de EE UU, tengan una estructura operativa común. Pero incluso si se dieran pasos en ese sentido, no puede descartarse que Washington llegue no solo a rechazar involucrarse en la defensa común europea, si no que opte por torpedear todo uso de estructuras comunes en la OTAN. Y es por ello que es sabio proceder a fórmulas de estrechamiento de lazos en paralelo a la Alianza. Esto no va a poder ser en el marco de la UE, que puede desempeñar un valioso papel en el ámbito del apoyo financiero y la coordinación industrial, pero no dispone de las condiciones políticas para asumir una función militar a corto plazo. Lo que se puede y debe hacer es el estrechamiento de lazos minilaterales entre quienes tengan una visión compartida y puedan funcionar como embrión de alternativa.En el frente tecnológico hay que proceder con el mismo espíritu. No titubear a la hora de regular y fijar impuestos. Construir alternativas propias. Hay quienes promueven la idea de un CERN para la IA, un vehículo para que sumemos fuerzas y podamos estar a la vanguardia del conocimiento esencial de nuestra época. De fondo, naturalmente, está la cuestión de conseguir la fibra competitiva sin la cual no se va a ningún lado.La tarea es ardua e inmensa. Las trece colonias americanas lo consiguieron en condiciones mucho más complejas. Los Veintisiete europeos y otros socios valiosos como Reino Unido o Noruega también pueden conseguirlo. No hace falta ni conviene ningún enunciado formal. La declaración de independencia europea solo necesita abandonar día tras día los delirios nacionalistas de ciertas formaciones euroescépticas y los pequeños intereses nacionales que nos impiden unir fuerzas lo suficiente.
La declaración de independencia europea de unos EE UU tenebrosos
La tarea es ardua e inmensa. Pero, igual que las trece colonias, los Veintisiete pueden conseguir el objetivo. No hacen falta ni convienen enunciados formales, solo se necesita entrega a la idea de una Europa unida














