La patria del sueño americano. La nación de las barras y estrellas. La tierra de los libres. La primera democracia moderna, diseñada por unos terratenientes que tomaron las ideas de la Ilustración y las introdujeron en un astuto sistema de correas y contrapesos, cumple hoy 250 años. Lo que no sabemos es si cumplirá muchos más, dado que este experimento parece estar volviendo, como si trazara un círculo, a aquello contra lo que se rebelaron sus fundadores: una monarquía. No una monarquía en sentido estricto, a pesar de que el presidente está gobernando fundamentalmente por decreto; de que ha diezmado las agencias federales para rellenar el vacío con amigos y acólitos, de que usa su poder para acallar disidentes y perseguir adversarios, de que tantea continuamente un ilegal tercer mandato y de que se ha retratado, corona de oro incluida, como un rey. Se trata, más bien, de una monarquía cognitiva. Donald Trump ha logrado implantarse en la mente de millones de estadounidenses como una especie de monolito. En algunas mentes, este monolito está hecho de oro, como corresponde a la persona que salvará a la nación de las hordas de inmigrantes, de los izquierdistas que odian a Estados Unidos y de los chupópteros europeos; en otras, es una pila de estiércol. Pero, de oro o de boñiga, el monolito proyecta una sombra imponente. Esta prioridad personalista queda ejemplificada en los festejos del 250 aniversario de EEUU. El proyecto bipartito “America 250”, que llevaba meses preparando las festividades, fue reemplazado por el proyecto de Trump, “Freedom 250”. Los eventos organizados en honor a los valores y a la historia de la república, con aprobación de republicanos y demócratas, y a cargo de instituciones como el Smithsonian, pasaron a ser los eventos de Trump, centrados en Trump. Con la excusa del semicincocentenario, el rostro de Trump ha sido acuñado en monedas de plata y en pasaportes, y cubre las fachadas de varios edificios del centro de Washington; el día de su cumpleaños fue celebrado con un combate de artes marciales mixtas en la Casa Blanca, y hoy, 4 de julio, Trump dará un mitin en el National Mall, donde sus seguidores, ataviados con la gorra roja, corearán los eslóganes trumpistas rodeados por la sobriedad de los monumentos del Estado. Mientras tanto, la deuda nacional añade una media de 5.000 millones de dólares al día y alcanza proporciones nunca vistas desde 1946; EEUU vive su primera fuga de cerebros; los hospitales están registrando casos de enfermedades que no veían desde hacía décadas, y Washington está malogrando sus alianzas y su estatus en Oriente Medio ante la paciente mirada de los chinos. Pero el monolito de Trump sigue en pie: su monarquía cognitiva goza de buena salud. Lo cual nos obliga a añadir un ingrediente a las múltiples y diversas teorías socioeconómicas que explican el ascenso de Trump; una última especia, el factor irracional, casi mágico: su capacidad de persuasión. O, según diferentes expertos en manipulación de masas, su capacidad de “persuasión coercitiva”. Steven Hassan, experto en sectas El Dr. Steven Hassan, profesional de la salud mental, especialista en el estudio de las sectas y fundador de Freedom of Mind Research Center, ha dedicado sus 50 años de carrera profesional a dos objetivos. Primero, a desarrollar un método para distinguir a las organizaciones perniciosas de las inofensivas, y, segundo, a ayudar a las víctimas de grupos sectarios a “desprogramarse”. La perspectiva de Hassan, que analizó el fenómeno trumpista en The Cult of Trump, publicado en 2019, bebe tanto del estudio y del trabajo como de su experiencia, o trauma, de juventud. En 1974, a los 19 años, Hassan fue captado por la secta de la Iglesia de la Unificación, dirigida por el surcoreano Sun Myung Moon. El reverendo Moon aseguraba ser la segunda venida de Cristo y conspiraba para instalar una teocracia sobre la faz de la Tierra, que él gobernaría en el nombre de Dios. TE PUEDE INTERESAR Dicho así, suena —y es— ridículo, pero Hassan advierte del error que cometen la mayoría de las personas: pensar que ellas jamás caerían en la trampa, que sus defensas racionales aguantarían sin problema el embate de un grupo de iluminados que, para empezar, esconden sus cartas hasta que la presa está madura. Hassan estudiaba filosofía en la universidad, escribía versos, jugaba al baloncesto y llevaba una vida normal con su familia judía de clase media de Queens. Un día, cuando estaba solo, tres mujeres hermosas lo abordaron en el campus; se presentaron como estudiantes, lo cual era mentira, pero lo sedujeron con insinuaciones y un torrente de halagos (lovebombing). Empezaron a quedar con él y al cabo de un tiempo, un fin de semana, lo invitaron a cenar en casa de un amigo a las afueras de Nueva York, en el pueblo de Tarrytown. Cuando iban camino del sitio, en una furgoneta, un chico mencionó algo sobre unos talleres de una iglesia. Hassan se asustó. Hasta ese momento, nadie había dicho ni una palabra sobre Moon o sobre ninguna iglesia. Les dijo que él era judío y les exigió que dieran la vuelta para llevarlo inmediatamente a su casa. Los jóvenes se negaron, le hicieron sentir culpable (¿tienes algo en contra de los cristianos?) y lo tuvieron tres días enteros, poniendo una excusa detrás de otra, en un complejo en mitad del campo, rodeado de nieve, sin un teléfono que funcionara. Al cuarto día, pese a que intentaron convencerlo para que se quedara, Hassan se enfadó y lo dejaron marchar. Su familia y su rabino no entendieron lo que había pasado y no supieron cómo ayudarle. Pensaron que había estado consumiendo drogas. Días después, tras algunas dudas, Hassan acudió de nuevo a la secta. TE PUEDE INTERESAR Durante una entrevista, le pido a Hassan que especifique por qué tomó la decisión de recurrir a las mismas personas que lo habían tenido secuestrado durante tres días en un complejo remoto sin el conocimiento de su familia. “Fueron muy manipuladores y controladores”, dice Hassan. “El último día, el conferenciante del taller plantó la semilla en mi mente. Dijo algo así…”. Hassan pone una voz impostada: “Bueno, has oído muchas cosas en los últimos días. Has recibido mucha información y tal vez una parte de ti piense que son puras tonterías; pero, por otro lado, ¿y si... y si… y si… fuera verdad? ¿Podrías darle la espalda a Dios? Oremos. Querido Padre Celestial, por favor abre el corazón y la mente de Steven, ya que él busca qué hacer con su verdadero propósito…”. “Y así continuó durante media hora”, dice Hassan. “Ese es otro método hipnótico que utilizan los ‘moonies’, llamado ‘oración audible’. En realidad, no le están pidiendo ayuda a Dios, sino que le están dando instrucciones a Dios y diciéndole al captado qué debe creer. Lo están manipulando emocionalmente”. Hassan cuenta que su madre lo vio con los ojos vidriosos, por eso pensó en las drogas. El rabino tampoco entendía nada y creyó que Hassan se quería convertir al cristianismo. “Estaba en casa, había vuelto a la universidad, y tuve lo que consideré una experiencia espiritual: cogí un libro de [el esoterista ruso] P. D. Ouspensky, leí un párrafo y lo interpreté como un mensaje de que Gurdjieff [otro esoterista, este armenio, que trabajó con Ouspensky] había muerto, que Sun Myung Moon estaba vivo y que debía investigar más sobre Moon. No es que fuera a dedicarle mi vida, sino a darle otra oportunidad. En ese momento, contacté con los ‘moonies’ y les dije que quería saber más. Estos me enviaron a un segundo taller de tres días. Solo que esta vez yo estaba más receptivo. Y fue entonces cuando me atraparon”. Ceremonia masiva de bodas de la secta Moon. (EFE) Hassan estuvo algo más de dos años sirviendo en las filas de la secta de Moon, que, como había estado prisionero en un campo de reeducación norcoreano después de la Segunda Guerra Mundial, había aprendido las técnicas de lavado de cerebro que aplicaban los comunistas. Si uno mira las bodas masivas de la secta de Moon, por ejemplo, verá claras reminiscencias de los actos de masas de Corea del Norte. El reverendo llegó a casar, en un mismo evento, a 35.000 parejas “moonies” de todo el mundo. Los novios no se conocían. Eran elegidos por la secta. El secreto, según Hassan, es que simplemente somos animales sociales. En las sectas todo se hace en grupo y el colectivo desborda y controla al individuo, que se ve arrastrado por los cánticos y por una visión carismática repetida continuamente en situaciones controladas: comiendo mal, durmiendo poco, dedicado únicamente al culto al líder, a la captación de fieles y a la recaudación de dinero. Paradójicamente, lo que salvó la cordura de Steven Hassan fue un accidente de coche. El trabajo esclavo para Moon, que llegó a ser extremadamente rico y a codearse con presidentes estadounidenses, era constante y las condiciones de vida eran pésimas. Hassan dormía menos de cuatro horas al día, así que se quedó dormido al volante, tuvo un accidente y fue ingresado en un hospital. Durante dos semanas, por primera vez en dos años, tuvo tiempo para dormir, comer bien, leer y ver a sus familiares. Hassan solicitó la ayuda del psiquiatra Robert Jay Lifton, especialista, a raíz de su conocimiento del maoísmo, en las técnicas de lavado de cerebro y en los efectos psicológicos de la violencia política. Dice Hassan que el estudio de los métodos de control mental que empleaban los comunistas chinos le abrió los ojos: eran muy similares a los que él había padecido. En este punto de la historia, es legítimo preguntarse: ¿y qué tiene esto que ver con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump? Llevará otros dos minutos. TE PUEDE INTERESAR Una vez fue “desprogramado”, Steven Hassan inició una andadura profesional dedicada, fundamentalmente, a entender cómo había sido posible que un estafador surcoreano lo hubiera convencido para ser su esclavo, para matar y morir en su nombre si así se le requería. Y para captar a otras víctimas. “En 1980, yo todavía intentaba comprender cómo me habían hecho lo que me hicieron y cómo yo se lo había hecho a otras personas”, dice Hassan. “Entonces conocí algo llamado PNL (programación neurolingüística) y asistí a un taller impartido por Richard Bandler, uno de los dos fundadores. Durante el taller, pensé: ese es el ingrediente que faltaba. Nunca había visto nada igual”. La programación neurolingüística es un enfoque de la psicoterapia que relaciona el lenguaje con los procesos neurológicos y el comportamiento. Está parcialmente fundamentado en el trabajo del hipnoterapeuta Milton Erickson, que usaba técnicas de sugestión verbal y corporal para curar las fobias o bloqueos emocionales de sus pacientes. Los críticos del PNL, dada la dificultad de medir sus efectos, lo consideran una pseudociencia. Es una disciplina que se usa en una zona gris donde se tocan la psicoterapia, la autoayuda, el coaching y la manipulación emocional. “Cuando los ‘moonies’ me estaban formando, no decían que querían enseñarme a hipnotizar; decían que querían enseñarme a crear el ‘entorno espiritual adecuado’ o mostrarme cómo actúan las bendiciones de Dios y cómo influyen en las personas”, dice Hassan. “En gran medida, aplicaban lo que se conoce como ‘modelado conductual’: me pedían que acompañara a miembros veteranos, observara cómo hablaban, daban charlas y reclutaban a otros, y que actuara como ellos”. Esta es una técnica que se llama mirroring (de “espejo”): la imitación de los gestos o de la forma de hablar de otra persona, si es sutil, puede hacer que se desarrolle un vínculo de confianza, lo que a su vez abre la puerta a la manipulación. Hay otras, como mirar fijamente no a los ojos, sino un poco detrás, como al centro del cráneo de alguien, lo cual tiende a provocar o bien repulsión o bien sumisión. Es la mirada reconocible, como congelada, de los miembros de sectas. En los años ochenta, los llamados pickup artists (“los artistas del ligue”) practicaban estos métodos. El padrino del movimiento, Ross Jeffries, usaba la programación neurolingüística para lo que él llamó la speed seduction, semilla de toda una industria popular en la “machosfera”. Según Hassan, estas formas de manipular fueron adoptadas por proxenetas y otras personas con intenciones cuestionables. El personaje que interpreta Tom Cruise en la película Magnolia, está inspirado en Ross Jeffries. Así lo reconoció el director, Paul Thomas Anderson. Lo cual nos lleva de vuelta al presidente de Estados Unidos. Trump y su realidad “No sabía que Donald Trump practicaba la programación neurolingüística hasta que lo vi debatir con otros candidatos republicanos en su primera campaña”, dice Hassan. “Observaba y escuchaba cómo Trump reaccionaba y respondía, y pensé: ‘Ha recibido formación en PNL’. Más tarde, solo encontré una referencia de [el gurú de la autoayuda más famoso del mundo] Tony Robbins, cuyo trabajo está totalmente basado en la PNL. Robbins afirmó haber enseñado a hablar en público a Donald Trump. Eso confirmó lo que yo ya sabía por mi propia experiencia”. En fecha tan temprana como agosto de 2015, cuando probablemente ni un 0,1% de estadounidenses pensaba que esta figura televisiva kitsch, Donald Trump, tenía posibilidades de ganar la presidencia, el creador del cómic Dilbert, Scott Adams, tuvo una intuición parecida a la de Steven Hassan: Trump estaba desplegando, según Adams, “armas de persuasión de grado militar que solo se ven una vez cada generación”. Para revestir de seriedad sus palabras, hizo una apuesta: dijo que Trump tenía un 92% de posibilidades de ganar la presidencia de EEUU. Hassan no compartía este entusiasmo. Primero porque, citando un informe de 27 psiquiatras y expertos en salud mental publicado en 2017, dice que Trump padece un obvio trastorno “narcisista maligno”, como todos los líderes de sectas. Y, segundo, porque la extrema derecha, encarnada por figuras como el locutor Rush Limbaugh, las iglesias cristianas fundamentalistas y, en una versión mainstream, Fox News, llevaban muchos años preparando el terreno. En este sentido, Trump solo tuvo que ocupar el huequecito que se le había reservado en la cúspide. TE PUEDE INTERESAR Una de las primeras cosas que hizo Trump fue colocar motes a sus adversarios políticos. No un mote cualquiera, sino marcas personalizadas, aliterativas y fáciles de recordar, que Trump repetía continuamente. Al senador Ted Cruz, con su voz de niño repelente, sus facciones poco armoniosas y su nariz algo sobredimensionada, lo llamó Lying Ted (Ted el mentiroso); a Hillary Clinton, una persona casi indistinguible del establishment de Washington, Crooked Hillary (Hillary la corrupta); el juvenil Marco Rubio fue bautizado como Little Marco (Pequeño Marco), un mote que aún se escucha habitualmente 11 años después. En el lenguaje del estudio de las sectas, a esto se le llama “técnica de interrupción del pensamiento”. Lo que uno piense, racionalmente, sobre Ted Cruz o Hillary Clinton, queda taponado o empañado por un mote pegadizo. Cuando a Steven Hassan, estando en la secta de Moon, lo embargaban las dudas, se decía sí mismo: true parents. La imagen de sus “verdaderos padres”, Sun Myung Moon y la esposa de este, Hak Ja Han, bloqueaba sus tentaciones de razonar. Trump usa el “anclaje”: fija los términos de la conversación con una imagen clara, estimulante y fácil de interpretar. En su caso, el “muro con México”, anunciado en su primer anuncio de campaña y repetido hasta que quedó taladrado en las conversaciones, tanto de sus seguidores como de sus críticos. Las gorras rojas de MAGA son probablemente el símbolo político más reconocible (poderoso) de EEUU. Es otro ejemplo de anclaje, del dominio del panorama y de la conversación. Durante los mítines, Trump está continuamente trabajando la confianza de su público. En lugar de usar el lenguaje adocenado de los equipos de comunicación, imita la forma de hablar vernácula, popular, con palabras monosilábicas comprensibles para un niño de nueve años; siempre usa imágenes, y cuenta continuamente anécdotas íntimas, jalonadas de bromas de mal gusto, para hacer partícipe a la gente de a pie de sus inquietudes personales, como si un amigo se confesara en la barra del bar después de una semana dura en el trabajo. Trump gesticula, ríe, coge llamadas telefónicas e interpela directamente a la audiencia. Es una forma de mirroring: de imitar al hombre común para ganarse su confianza. Uno puede aducir que Trump, simplemente, es un buen político. Y que ya quisieran otros tener su capacidad para persuadir a las audiencias y a los votantes. Pero hay otra diferencia entre Trump y los políticos tradicionales: la ética. Donald Trump podría usar sus “poderes de persuasión de grado militar” para, por ejemplo, unir al país; en lugar de ello, cultiva continuamente el miedo, la emoción más paralizante de todas. Y lo hace, claro, demonizando con palabras vívidas a sus enemigos, en los términos más inhumanos (“alimañas”, “basura”, “contaminan la sangre de nuestra nación”, etc), y recurriendo a la mentira. No a la mentira táctica, puntual o habitual, del político que trata de salvar el pellejo, sino a la mentira como fórmula continua para embarrar el debate, confundir al electorado y, en resumir, destruir la confianza en las instituciones (empezando por la prensa: fake news) para que solo se pueda confiar en el líder. Cuando Trump miente acerca de cosas que son fácilmente comprobables, y reitera sus mentiras una y otra vez, detrás del venerable sello presidencial y con cara de póker, lo que hace es crear un efecto de irrealidad, de confusión. Diferentes estudios han demostrado que verificar mentiras continuamente es agotador; el cerebro, al final, tira la toalla. La persona se vuelve indiferente o cínica (como sucede en Rusia, sometida desde hace dos décadas a este tipo de propaganda abrumadora). TE PUEDE INTERESAR Pero quizás el efecto más extraordinario de la manera de comunicar de Trump es que, realmente, ha logrado crear una realidad paralela en la que no solo vive él, sino una buena porción de estadounidenses. Pese a que el bulo del fraude electoral de 2020 fue rigurosamente desmentido por más de 60 tribunales federales, con jueces nombrados tanto por demócratas como republicanos y por el propio Trump, hoy en día un 63% de republicanos cree que a Trump le robaron los comicios. El psiquiatra Robert Jay Lifton, la persona que desprogramó a Hassan y que he mencionado más arriba, dedicó a Donald Trump un capítulo del que sería su último libro: Losing Reality: On cults, cultism, and the mindset of political and religious zealotry (2019). Y tiene una de las observaciones más precisas acerca de esta necesidad de generar y proyectar una realidad alternativa. “Una manera importante de entender a Trump y al trumpismo es como un asalto a la realidad”, escribe Lifton. “Lo que está en juego es intentar controlar, poseer, la verdad inmediata junto a cualquier parte de la historia que alimente esa verdad. Dado que este comportamiento emana de la propia mente de Trump, por lo general es atribuido a su narcisismo (y tiene mucho de eso). Pero sugeriría que el término más apropiado es el de ‘realidad solipsista’”. Lifton argumenta que, aunque esta continuo torrente de falsedades y mentiras (la diferencia es que las mentiras son intencionales) obliga a los portavoces de Trump a sudar la gota gorda para justificarlas, participando, por ello, en un proceso de humillación y sumisión al líder, estas quedan en el aire: se propagan. Tanto por la mera repetición por parte de Trump como por la necesidad de los medios de estar continuamente analizándolas, verificándolas y desmontándolas. Hay quienes recomiendan ignorarlas, pero, ¿cómo se puede ignorar al presidente de EEUU? TE PUEDE INTERESAR Los beneficios para Trump están claros: sus seguidores pueden ignorar las mentiras o, directamente, creérselas y pasar a vivir en ese universo paralelo; y sus críticos acaban padeciendo lo que Lifton llama “fatiga de realidad” (la rendición de las defensas cognitivas del cerebro). “El toque de tambor de las falsedades y mentiras continua incluso mientras las exponemos como tales”, escribe Lifton. “Somos arrojados a un reino en el que un segmento importante de nuestra sociedad ignora o desafía los principios de la razón, la evidencia y el conocimiento compartido que se requieren para el funcionamiento de una democracia”. Lo más peligroso, dice Lifton, es que esta avalancha de embustes a veces requiere lo que él llama “necesidades narrativas”: elementos en los que apoyarse para hacer creer que una falsedad no lo es. A veces basta con sacar un suceso de contexto (un inmigrante que asesina a una joven estadounidense de pelo rubio y ojos azules, para tachar a todos los inmigrantes de asesinos); otras, en cambio, hay que producir desde cero esa “necesidad narrativa”; hay que sacarla de la chistera. TE PUEDE INTERESAR El caso más claro es el del bulo electoral de 2020. Han pasado cinco años y medio, pero Trump sigue fabricando esta realidad falsa. Los miembros de su actual Gobierno tienen que aceptar esta mentira, como demuestran sus comparecencias en el Senado, y el FBI acaba de asignar 260 agentes a investigar el supuesto fraude de las papeletas de Georgia. El Estado a cuyo responsable electoral (republicano) llamó Trump, recordemos, para pedirle que por favor le encontrara “11.780 votos”. Dada la “inestabilidad” que genera buscar estas necesidades narrativas, Lifton predijo, en 2019, que “el solipsismo de Trump probablemente destruirá su presidencia”. Uno puede argumentar que fue lo que sucedió con el asalto al Capitolio y el consiguiente impeachment. El momento en el que pareció que todo había terminado. Su retorno a la presidencia demuestra, entre otras cosas, que su vínculo con parte del electorado era más sólido de lo que se pensaba.