Circula estos días por el Estados Unidos de Donald Trump un documento revolucionario que denuncia 27 “abusos y usurpaciones” de un tirano, al que se atribuyen, entre otros agravios, “impedir la naturalización de extranjeros”, “obstruir la administración de justicia”, “interrumpir el comercio con otras partes del mundo” o enviar a las ciudades “grandes contingentes de tropas armadas”.Ese documento es la Declaración de Independencia. El próximo sábado cumple 250 años y, en plena contestación ciudadana del movimiento No Kings (no a los reyes) contra las veleidades autoritarias de Trump, podría servir para probar otra vez eso que dicen que dijo Mark Twain de que “la historia no se repite, pero sí rima”. El texto, que fijó el 4 de julio de 1776 el nacimiento de una nación con una precisión poco común, también sirvió en la prosa inspirada de Thomas Jefferson para alumbrar un ideal de impacto global al que esta democracia imperfecta y maltrecha aún aspira. Jefferson, entonces un político de Virginia de 33 años y ya un consumado propietario de seres humanos heredados de su padre, lo expresó en el segundo párrafo del texto, tal vez el más famoso de la historia de la retórica política. Comienza así: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Como buen aniversario redondo, este invita a un totémico examen de conciencia a una sociedad cada vez menos patriótica, especialmente entre los jóvenes. Solo un 31%, según Gallup, se dice “muy o extremadamente orgulloso de ser estadounidense”, frente al 78% de 2015. La encuestadora concluyó en otro sondeo que un 77% de la población cree que los padres fundadores no estarían orgullosos de lo que sus descendientes hicieron con su creación. Y aún hoy, cuando el mundo acaba de conocer al primer billonario de la historia, Elon Musk, siguen vigentes las preguntas de por qué los hombres siguen sin ser creados iguales, y qué fue del sueño americano que promete un documento cuyo arranque aprenden de memoria en clase. El regreso de Trump, con su insaciable sed de poder ejecutivo, ha avivado la atención sobre lo que viene después: las quejas de aquellos colonos al rey Jorge III de Inglaterra recogidas en párrafos posteriores, más prosaicos. Por eso, entre las novedades editoriales en torno a la conmemoración, destaca la aportación del historiador Robert Parkinson, que ha escrito un ensayo −Tyrants and Rogues (tiranos y truhanes)−, que se fija en esos agravios “por primera vez en 120 años”. Ya tenía pensado hacerlo, pero la vuelta del republicano le metió prisa por terminarlo. “Esa lista habla de la corrupción del poder judicial, de la pasión por las órdenes ejecutivas, del control civil de las fuerzas armadas y de la necesidad de la inmigración. ¿Le suena?”, pregunta su autor en una entrevista con EL PAÍS. “El preámbulo contiene algunas de las frases más bellas jamás escritas y fija objetivos que merecen la pena, pero también es un recordatorio de que para mucha gente esta sigue sin ser una tierra de oportunidades. Ese ha sido siempre el problema”. Para intentar descifrar en qué estado de salud llega la idea de Estados Unidos a una edad tan achacosa, EL PAÍS ha hablado con una veintena de historiadores, activistas, aliados de la Casa Blanca o políticos. También se trataba de entender qué el cumpleaños llegue en mitad de una campaña de su Gobierno para reescribir la historia a base de amenazas a museos y universidades, de difuminar la separación entre Iglesia (cristiana) y Estado y de dictar decretos para “restaurar la cordura” y regresar a un relato que inspire “un amor renovado” por Estados Unidos a base de arrinconar asuntos incómodos como la esclavitud o el genocidio indígena. “Las preocupaciones actuales influyen en las preguntas que le hacemos al pasado”, advierte en una de esas conversaciones Frank Cogliano, escritor o editor de una docena de libros sobre la Revolución Estadounidense, los dos últimos aparecidos este mismo mes. Define la Declaración de Independencia como “un estándar imposible” que admite pocas objeciones, pero que debe leerse a la luz de las contradicciones de quienes la firmaron en el II Congreso Continental de Filadelfia. “Jefferson poseyó al menos 607 personas a lo largo de su muy longeva vida, un quinto de la población de las colonias vivía esclavizada el 4 de julio de 1776 y estas usurparon un territorio habitado por indígenas”, recuerda el historiador. “Aún así, es justo reconocer que se trata de un texto inspirador que ha puesto el listón muy alto; muy pocos países tienen unos principios tan explícitos cuyo cumplimiento han podido exigir sus ciudadanos durante estos 250 años”. Cogliano describe los intentos de Trump de blanquear la historia como “simplistas”, además de como la prueba de que sus compatriotas son “más inteligentes de lo que sus líderes creen”. “Jefferson es Estados Unidos en miniatura. Su complejidad puede explicarse como la disyuntiva entre esas elocuentes palabras y su negación de los derechos de las personas de ascendencia africana. Si resolvemos el problema de Jefferson, podemos resolver el problema de Estados Unidos. Buena suerte con ello”, bromea el historiador. La otra gran duda es si el “experimento americano”, que es como les gusta a sus 350.000 millones de cobayas llamar a esta democracia, sobrevivirá a Trump. Si el diseño de sus Padres Fundadores en la Declaración y en la Constitución (1789) y el sistema petrificado que emana de ellos, tras medio siglo sin enmiendas al texto fundamental y con un Tribunal Supremo controlado por una supermayoría conservadora que aboga por una interpretación “originalista” de la ley, estaba preparado para la irrupción de su figura. “[El actual presidente] Es su peor pesadilla. Diseñaron un sistema altamente fragmentado y contramayoritario, pensado para limitar el poder ejecutivo y permitirnos sobrevivir a un demagogo como Trump”, considera Steve Levitsky, coautor del exitoso ensayo Cómo mueren las democracias. “Pero no pudieron prever los partidos políticos, la inevitable expansión del Estado administrativo moderno o que un solo líder controlaría personalmente uno de esos partidos y que, a su vez, dominaría todas las ramas del Gobierno y la Administración”. ¿Sobrevivirá?, se interroga Levitsky. “Probablemente, pero no gracias al diseño de nuestra democracia, sino porque las instituciones echaron raíces muy robustas, para bien y para mal”.De momento, los tentáculos del revisionismo trumpista no pueden llegar hasta la suave colina en la que Jefferson construyó a las afueras de Charlottesville (Virginia) la mansión desde la que dominaba su plantación. La llamó Monticello y el domingo pasado era allí temporada alta para la memoria histórica. La finca está gestionada por una fundación privada, y en ninguno de los recorridos ofrecidos a los visitantes se ahorran los detalles que empañan el legado del gran hombre. Creía que los “africanos eran inferiores a los blancos”, según Parkinson, pero también expresó ciertas ideas antiesclavistas que otros eliminaron de su primer borrador de la Declaración porque el “pegamento de las 13 colonias”, que desconfiaban entre sí, era “su terror compartido a dos cosas: las insurrecciones de esclavos y ser masacrados por los nativos”. A estos últimos, Jefferson se refiere en su más célebre texto como “salvajes despiadados”. Trump ha atribuido las fallas de sus predecesores (Jefferson acabaría siendo el tercer presidente y George Washington, el primero) a que eran “hombres de su tiempo”, pero a la mayor parte de los historiadores consultados no les convence ese argumento. Había alternativa: de los 56 firmantes de la Declaración, 15 (Benjamin Franklin, incluido) no eran esclavistas. “Es nuestra obligación abordar el pasado bajo sus propios términos, y eso requiere humildad. La cuestión no es si debemos ignorar los aspectos incómodos o centrarnos obsesivamente en ellos, sino si realmente los comprendemos”, opina Daniel Gullotta, profesor del Salmon P. Chase Center for Civics, Culture, and Society, instituto de tendencia conservadora de la universidad estatal de Ohio. “Juzgar a los Padres Fundadores exclusivamente según nuestros criterios dice mucho sobre nosotros y muy poco sobre ellos”.El tour de Monticello que entra en más detalle es también el más largo: 2,5 horas en las que una guía elocuente y empática cuenta sin dramatismo la vida de esas personas esclavizadas y la relación que durante 30 años su dueño mantuvo con una de ellas, Sally Hemmings. Empezó, tras la muerte de su primera esposa, en París, donde ambos fueron testigos de la Revolución Francesa. Tuvieron cinco hijos, el primero de los cuales falleció al poco de nacer. Los otros cuatro recibieron su libertad a la muerte de un padre que nunca los reconoció, ni siquiera, contó la guía, cuando nadie lo veía: el político escribió unas 20.000 cartas y llevó cinco diarios simultáneos (el más famoso de los cuales era un inventario de sus posesiones humanas), pero en ninguna de esas páginas se refirió a ellos o a Hemmings, cuya propiedad legó a su hija mayor blanca. Salvo por este corresponsal, el resto de los participantes en la visita del domingo eran estadounidenses, y recibieron la información con muecas de disgusto e incredulidad. Una mujer negra mostró al final del recorrido, cuando este devino en una especie de terapia de grupo, su impotencia por “todo lo que no se sabe sobre el resto de los que vivieron subyugados en Monticello”. Una joven blanca, profesora de instituto, dijo que se había apuntado para “poder enseñarles mejor a sus alumnos”, y los demás la aplaudieron. Tenían la impresión de haber recibido una información ignorada por la mayoría de sus compatriotas, pese a que, gracias al trabajo de historiadoras como Annette Gordon-Reed, que probó en los años noventa que el affaire Hemmings no era una “leyenda”, las contradicciones de Jefferson hace tiempo que son “verdades evidentes” que cabe sostener.En una sociedad en la que la lista de los libros más vendidos no la copan estos días ensayos como Freedom Round the Globe (Libertad en todo el planeta, sin traducir al español), de Sarah Pearsall —que innova al ofrecer una historia global de la revolución americana—, sino las aportaciones de dos presentadores de Fox News y un ensayo escrito por un intelectual orgánico del trumpismo, Eric Metaxas, la pregunta es qué hacer con esa información incómoda. Y la respuesta conduce a una guerra cultural que enfrenta a dos bandos irreconciliables. Se identifican tras sendos números. Por un lado, está la Comisión 1776, creada por Trump al final de su primera Administración y reencarnada en Freedom 250, entidad encargada por la Casa Blanca de organizar el semiquincentennial (palabra que en inglés sirve para referirse al aniversario). Los festejos en Washington, ciudad que a ratos parece Pyongyang, tan plagada como está de retratos de Trump, incluyen dos de sus mítines, una carrera de coches, un sangriento combate de artes marciales mixtas en la Casa Blanca, un rodeo y una feria estatal. Su consejero delegado, el aliado de Trump Keith Krach, defendió la semana pasada en una conversación con EL PAÍS su programa como algo más que un festival MAGA. “La mayor exportación de este gran país no es un producto, sino la libertad”, dijo. Pero la libertad, como recuerda Pearsall, puede servir para muchas cosas. “Por ejemplo, para apoderarse de las tierras de los nativos”, dice la historiadora, que defiende la urgencia de “plantarse y arrebatar la idea de 1776 de manos del movimiento MAGA”, porque “la historia revolucionaria es un asunto mucho más interesante y complicado” que esa versión de la extrema derecha. El profesor de Georgetown Michael Kazin pide, por su parte, que la izquierda estadounidense aparque su “cinismo” y reclame una forma de patriotismo “práctico”. “Hay que defender la idea original de Estados Unidos: que cualquier persona que llegue aquí y suscriba los ideales estadounidenses de libertades individuales, instituciones democráticas y división de poderes puede integrarse tan bien en el país como quienes comparten orígenes étnicos y culturales con los colonos”. En el otro bando está el Proyecto 1619, iniciativa periodística de Nikole-Hannah Jones, con la que The New York Times propuso en 2019 retrasar el reloj de la fundación del país hasta el momento de la llegada de los primeros barcos de África. Aquel polémico órdago no era nuevo, pero generó un interesante debate al colocar la experiencia negra en el centro de la comprensión de la historia de Estados Unidos. También se topó con la oposición del más ilustre historiador de la Revolución Americana, Gordon S. Wood, que, ironías del destino, murió a los 94 años atropellado por un coche hace tres semanas, a las puertas del aniversario. En 2020, llegaron el asesinato de George Floyd, el movimiento Black Lives Matter y la iconoclastia contra las estatuas confederadas y colonialistas. Muchos creyeron que Estados Unidos estaba listo para un nuevo amanecer racial. Seis años después, aquello no parece sino otra oportunidad perdida, además de una fuente de “melancolía” y “rabia” para el profesor de Princeton Eddie S. Glaude Jr., uno de los intelectuales negros más respetados del país.“Estados Unidos siempre tuvo un alma dividida, que se imagina a sí misma como un faro de libertad y como una república blanca”, explicó hace un par de semanas en una librería de Washington. “No se puede ser fiel a ese doble compromiso sin caer en la contradicción”. Glaude acaba de publicar America, U.S.A., un ensayo cuyo subtítulo promete un repaso a cómo el asunto de la raza ha ensombrecido los grandes cumpleaños de Estados Unidos, ya desde el primero, el cincuentenario, que se celebró el 4 de julio de 1826, día en el que la casualidad quiso que murieran dos de los Padres Fundadores, Jefferson y John Adams. El autor concluye en el libro que esas conmemoraciones siempre acaban convertidas en “momentos para hacer la vista gorda sobre los males del pasado y el presente” del país. El retrato que Glaude hace de la del bicentenario, celebrada en 1976 y espejo en el que inevitablemente se mira la de este año, es menos positivo que la imagen con la que aquella pasó al imaginario colectivo. El bicentennial se recuerda como una fiesta que llegó a reconciliar a un país dividido, que se lamía las heridas tras la guerra de Vietnam, el escándalo de Watergate y la renuncia del presidente Richard Nixon. Fue importante, cuenta M.J. Rymsza-Pawlowska, autora de un ensayo sobre aquella celebración (History Comes Alive, la historia cobra vida), porque aquella fiesta supuso la incorporación al relato de los puntos de vista de los movimientos civiles de los años 60, del feminismo a la lucha por los derechos de los nativos, y porque los estadounidenses “aprovecharon para descubrir una nueva relación con su historia, gracias al dinero que el Gobierno inyectó en las instituciones locales”. También nacieron museos por todo el país, arraigó la cultura del reenactment (esa teatral recreación amateur del pasado) y el bicentenario alumbró una edad editorial dorada en los estudios revolucionarios.No se espera nada de eso esta vez. El historiador Daniel Immerwahr, autor de Cómo ocultar un imperio (2023, Capitán Swing), cree que el semiquincentennial perdurará dentro de medio siglo como “el primero en el que el cambio climático era el factor global más importante y el primero también, con el poder mundial de Estados Unidos en retroceso, una pérdida exacerbada por la actual Administración”. “Quienes miren atrás”, dice Immerwahr, “estarán mucho más interesados ​​en lo que hicimos o dejamos de hacer con respecto al calentamiento global que en las extravagancias de nuestro presidente”.Convencido de que la efeméride cimentará su estatura histórica, Trump tiene sus propias obsesiones de constructor. Volvió a decirlo en el mitin con el que abrió el miércoles los fastos con otra celebración de su ego: para él, será un éxito si “el espíritu del 26” acaba produciendo un Arco de Triunfo de 250 pies en el Mall y un Jardín Nacional de los Héroes Estadounidenses con cientos de estatuas a orillas del río Potomac, cuyas aguas fueron vitales hace dos siglos y medio para el éxito de la Revolución.